La médica Asha Shajahan narró para The Huffington Post la historia de un paciente de 30 años que murió por COVID-19. El paciente, como suele ocurrir, no había dejado ninguna guía sobre cómo proceder en caso de padecer una enfermedad o en caso de morir. Cuando llegó a un estado crítico, sus padres se vieron enfrascados en una dura pelea. El padre, al ver las estadísticas, abogó por evitar cualquier tratamiento que prolongara su sufrimiento. La madre, en cambio, quería hacer todo lo posible por salvarlo sin importar que su hijo quedara inconsciente y pegado a un ventilador.

Escenarios como este son frecuentes por estos días. De los 55 pacientes que la doctora Shajahan trató por COVID-19, sólo uno de 54 años había preparado ya un documento con las guías en caso de complicaciones. El resto de los pacientes tuvieron que enfrentarse a escenarios ciertamente incómodos. Cuando Shajahan, por ejemplo, le preguntó a una paciente por su guía para futuros procedimientos, ella entró en estado de conmoción: “¿Es esto un mal presagio?”. Su preocupación no era absurda; estaba con el virus avanzado, con cuatro litros de oxígeno y respirando con dificultad. ¿Su estado era crítico? No. Pero tampoco había rastro de fatalismo en la pregunta de la doctora. Se trataba de un simple procedimiento.

El problema con esperar hasta que estemos enfermos para dar guías de lo que queremos es que nos ponemos en el peor contexto posible para tomar la decisión. Uno no quiere estar conectado a cuatro litros de oxígeno y que le pregunten: “Oye, y en caso de que tus pulmones colapsen, ¿qué te provocaría?”. Además, se generan incentivos perversos. Supongamos que uno tiene, yo qué sé, 70 años y está muy decidido a salir del mundo con algo de autonomía. ¿Realmente quiere uno enfatizarle al médico que uno sí quiere vivir, pero sólo hasta cierto punto? Con tanta ofuscación suelta sobre los que supuestamente son los años más valiosos de la vida, es difícil argumentar que lo que uno quiere que el médico le proteja es una vida significativa.

Y, de cualquier forma, esos dos casos son mejores que el tercero, que es cuando uno no decide, se agrava y el Estado le delega la decisión a parejas, hermanos o padres. El asunto es triste por, al menos, dos motivos. El primero, porque parte de tener control sobre la vida es tener algo de control sobre la muerte. El segundo, quizá más significativo, es que, si las cosas no resultan, uno obliga a sus seres queridos a cargar con la incertidumbre de si sí era la voluntad de uno. Y aunque todo el mundo les dirá: “No piensen en eso”, poco controla uno los pensamientos en un desvelo. ¿Para qué dejarles a otros la tortura de la duda?

Dentro de las recomendaciones de los profesionales de la salud está que cada uno tenga una “voluntad anticipada”. El documento incluye decisiones sobre si se autorizan amputaciones de miembros, resucitación, maniobras de reanimación avanzada, incluyendo conexión a un ventilador, entre otras. Todo esto se hace con el fin de evitar el “encarnizamiento terapéutico” que busca conservar la vida a como dé lugar así la persona esté en estado vegetativo o con dolor incurable. Mientras que uno esté consciente, siempre puede cambiar de parecer. Pero para tener un parecer, no estaría de más familiarizarse con los lineamientos.

*Recuerde que puede descargar el documentos Esta es mi voluntad en: https://www.dmd.org.co/afiliese-aqui/

 

Por: Catalina Uribe Rincón

Tomado de: https://www.elespectador.com/opinion/lista-para-antes-de-morir-columna-916364