Aunque la tasa de letalidad del coronavirus es baja -cerca de 2 por ciento- en comparación con la de otros virus como el del Ébola que oscila entre el 50 y el 90 por ciento, dada su alta tasa de contagio y la saturación que causa en los sistemas de salud, así como las respercusiones que ha tenido en la economía, esta pandemia nos ha puesto de cara a la muerte.

Pero eso no necesariamente se ha traducido en una actitud más natural y más concienzuda frente a eso que como todos decimos es lo único que tenemos asegurado.

La Silla Académica entrevistó a Catalina González, profesora del curso “La muerte en Occidente”, del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes y autora entre otros artículos de “Camus y el argumento filosófico sobre el suicidio” y de “Ironía y escepticismo en ‘Sobre el Suicidio’ de David Hume” a partir de los cuales hicimos la entrevista.

González explica las diferentes actitudes que ha habido ante la muerte y el suicidio a lo largo de la historia, y cómo el tratamiento global de la pandemia está produciendo un retroceso en ellas.

La Silla Académica: Con el coronavirus la muerte parece deambular más que nunca por nuestras casas. Citando los estudios de Philippe Ariès y Norbert Elias sobre los cambios históricos en las actitudes frente a la muerte, usted dice las de nuestros días son muy problemáticas. En Occidente da la impresión que en general es una actitud muy pesimista ¿No ha sido así siempre?.

Catalina González: Si bien los seres humanos siempre le hemos temido a la muerte y es generalizada la idea de que morir es algo malo porque nos priva de los beneficios de la vida, antes había una mayor aceptación de la muerte.

Philippe Ariés en su libro “La muerte en Occidente” cuenta que en el Medioevo, por ejemplo, morir se veía como un acto natural y había todo un ritual establecido para ello. El moribundo que sabía que se iba a morir porque tenía una enfermedad natural o porque tenía una herida de muerte, se lo anunciaba a quienes tenía a su alrededor (a su familia o a los soldados en el campo de batalla) y, en un acto reconocimiento, se lamentaba de ello, pedía perdón por sus malas acciones, recibía la absolución de un sacerdote, y se disponía a esperar su muerte en silencio y oración.

“Ars Moriendi” se llamaban los textos e ilustraciones pictóricas que contenían estas instrucciones para morir.

Se trataba de un ritual público, los familiares, pero también amigos, vecinos, los niños estaban presentes en la agonía y fallecimiento de las personas.

LSA: Usted dice que a partir del siglo XX el tabú sobre la muerte en nuestras culturas urbanas se intensificó en tres sentidos ¿Cuáles son?

C.G.: Sí, los dos autores mencionados, Ariès y Elias, coinciden en afirmar que, en el siglo XX, la muerte se volvió un tabú. Esto se expresa, primero, en que no podemos hablar de la muerte directamente.

Acudimos a eufemismos como: “se fue”, “nos dejó”, “descansó en paz”; en inglés, “passed away”, y así en casi todas las lenguas occidentales.

Además, aunque el moribundo sepa que se está muriendo no puede decirlo abiertamente y los otros tampoco pueden aceptarlo.

Un buen ejemplo es la típica llamada en que le decimos a la persona que se va a mejorar cuando sabemos que lo más probable es que no saldrá del hospital o no superará el tratamiento, aún desconociendo que aunque la persona puede tener miedo, le aliviaría hablar de su muerte.

Todos los investigadores coinciden en que hacerlo permite canalizar las emociones tanto del moribundo como de los deudos.

Segundo, la muerte debe ser un acto privado; se esconde a los moribundos, a los ancianos y a los enfermos, pues su presencia nos recuerda nuestra mortalidad, y muchas veces los familiares y amigos no tienen la posibilidad de llorar, de agradecer o pedir perdón también, de ponerse más en paz.

Tercero, en nuestras culturas occidentales, está prohibido observar o tocar al cadáver, pues eso se juzga como una actitud morbosa o perversa. Es común ahora que en los funerales el ataúd esté sellado y haya fotos de la persona a los lados, preferiblemente joven. Otros rituales funerarios, como el de la película Departures de Yōjirō Takita permitían despedirse mejor del fallecido con una exhibición discreta del cadáver.

El problema de que la muerte se haya convertido en un tabú es que la hemos sacado de nuestra vida cotidiana y eso aumenta nuestro malestar, nuestras dudas.

a muerte es hoy un acto individual y administrado por instituciones hospitalarias y personal médico.

LSA: ¿Por qué se dio ese cambio en el siglo XX principalmente?

C.G.: Tiene que ver con las políticas de salubridad y con los avances médicos.

En el Medioevo, alguien que había llegado a los 40 años era prácticamente un anciano y la gente moría con mucha frecuencia por enfermedades que hoy son comunes y tratables o por hechos violentos.

Como hemos logrado empujar la muerte hacia la vejez avanzada o limitarla a ciertas enfermedades, eso hace que tengamos menos contacto cotidiano con ella.

LSA: Como parte de esos adelantos usted dice que cada vez es más común tener una muerte no solo solitaria, “hospitalaria” interrumpida, es decir, que es un proceso largo con mejoras y con retrocesos ¿Cómo es esto?

C.G.: No soy enemiga de los adelantos médicos, pero esos avances también plantean problemas morales que antes no teníamos.

Norbert Ellias fue quizá uno de los primeros en decir que la muerte contemporánea es una muerte “fragmentada”, un término ya común en la bioética, y que apunta a que algunas ayudas tecnológicas pueden reemplazar las funciones que cumplen los órganos e impedir que su cesación gradual provoque la muerte. La diálisis ante la falla renal es un ejemplo de ello.

La muerte ya no es un proceso continuo, sino interrumpido por las diversas ayudas médicas. Nos morimos, por decirlo así, de a pocos, y en un tiempo mucho más dilatado.

La pregunta ética es si deberíamos permitir eso o no y en qué casos.

Por supuesto, al mismo tiempo, se ha ampliado la expectativa de vida de las personas.

LSA: Usted dice que en las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido un avance en cuanto a las actitudes frente a la muerte por el desarrollo de los cuidados paliativos ¿en qué consisten?

C.G.: Los adelantos médicos más recientes reconocen que no basta con aliviar el dolor físico sino también el psíquico.

Cuando las personas están hospitalizadas, enfrentando enfermedades de las cuales no se van a poder curar, generalmente, alternan entre momentos de inconsciencia y de consciencia en los que se percatan de que no están mejorando y eso les causa gran dolor emocional.

En ese sentido, el auge creciente de los cuidados paliativos como especialización médica es importante. Se están haciendo cosas muy importantes por los pacientes terminales facilitando, por ejemplo, que puedan morir en casa.

Hay otros servicios derivados como el de facilitar que tengan conversaciones francas sobre su muerte, e incluso funerales para despedirse antes de su hora fatal.

Uno de los que me parece más interesante son los rituales no religiosos en sociedades cada vez más secularizadas. Hay entonces una tendencia para que los mismos familiares participen activamente en la planeación de los rituales, escribiendo, por ejemplo, sus oraciones fúnebres.

Desafortunadamente en Colombia estas tendencias todavía no se han afianzado. La mayoría de los cementerios son de instituciones religiosas y cuando personas no creyentes mueren a veces la única alternativa es hacerles una misa, un ritual que respondía a sociedades en las que las religiones eran necesarias para enfrentar la muerte como el tránsito hacia otra vida, pero cuando la religión ya no es un discurso compartido por toda la sociedad pierde sentido para muchas personas y las deja sin la posibilidad de una ceremonia significativa para hacer el duelo.

LSA: Usted explica que con la pandemia la tendencia a la re-naturalización de la muerte está sufriendo un gran retroceso ¿Por qué?

C.G.: No solo la muerte por coronavirus está siendo hospitalaria y fragmentada: dado que se trata de una enfermedad contagiosa que requiere aislamiento social, las personas están muriendo muy solas y sin apoyo emocional pues el personal médico tampoco tiene los mejores recursos anímicos dadas las condiciones en que están trabajando.

El duelo por la muerte de los seres queridos no es mejor porque las políticas para evitar el contagio no les permiten acompañar a sus allegados cuando mueren.

Generalmente no pueden tomar tampoco decisiones sobre qué hacer con el cadáver de la persona que fallece que muchas veces pasa de la UCI al crematorio.

Tampoco tienen el alivio que a veces dan los funerales públicos -en este momento los familiares que están por fuera no pueden venir a dar su último adiós-, ni tienen derecho a abrazos de consuelo porque ellos mismos están bajo sospecha de ser portadores del virus.

Por si fuera poco, al estar todavía confinados en la misma casa de la persona que murió muchas veces no pueden evadir por un tiempo su recuerdo permanente.

Entiendo la razón de ser de las medidas de cuidado, pero en el entre tanto, estamos dejando solos a los moribundos y a las personas cercanas a quienes fallecen.

LSA: En Occidente la muerte causada por infarto ha sido asumida como un premio porque en teoría no implica un sufrimiento largo, al mismo tiempo, dado lo repentino, le impide a sus seres queridos un proceso de asimilación y a quien fallece la posibilidad de “saldar cuentas” ¿Cómo analiza esto a la luz de las actitudes históricas frente a la muerte?

C.G.: Michel de Montaigne, un filósofo del Renacimiento, decía que no deberíamos temer a la muerte porque si morimos de repente no nos vamos a dar cuenta y si lo hacemos tras una larga enfermedad quizá nos habremos acostumbrado a la idea e incluso desearemos la muerte.

Una de las actitudes más arraigadas es la de considerar que la mejor muerte o una mejor forma de morir es por un ataque cardíaco. Se trata de una muerte instantánea de la que no soy consciente y que implica poco sufrimiento físico: “la muerte del justo”.

Hoy morir bien es morir sin darse cuenta que uno se murió, pues no solo le tenemos miedo a la muerte sino a darnos cuenta que nos estamos muriendo. En el Medioevo, en cambio, una muerte sin ninguna preparación habría sido una “mala muerte”.

Pensamos que planear la muerte es algo ¡morboso, terrible!

Siempre le cuento la anécdota a mis estudiantes de una vez que iba con mi pareja en el carro y él no estaba manejando bien y yo le pedí que bajara la velocidad, me preguntó ‘¿temes por tu vida’ y yo le dije: ‘no, temo por mi muerte, no es así como me quiero morir, en un accidente de tránsito, me parece la peor de las muertes, ¡muy trágica!

Por eso aunque no podemos saber cómo vamos a morir, me parece importante que podamos pensar en tener algún tipo de control sobre nuestra muerte y no dejar todo al azar.

LSA: Eso me hace pensar en su artículo sobre Hume y el suicidio, que él defiende. Así como las actitudes frente a la muerte han cambiado a lo largo de la historia también lo han hecho respecto al suicidio que es otra de las problemáticas que puede agravarse con la pandemia…

C.G.: Sí, sin duda la manera más drástica en que las personas pueden tomar decisiones sobre su muerte es causándola ellos mismos.

Los estoicos, en la Antigüedad, consideraban que el suicidio era el prototipo de una muerte digna: si yo he de morir y no es algo que pueda evitar, debería poder decidirlo en el momento que la vida sea insostenible y que las condiciones no vayan a cambiar.

Después de la Antigüedad vino una respuesta condenatoria muy fuerte del cristianismo al suicidio porque la vida era vista como un don de Dios, un regalo, y los seres humanos no podían decidir en qué momento morir, sin pecar.

Con la Ilustración, en el siglo XVIII, surgen intelectuales, como David Hume, que se oponen a la idea de que el suicidio sea considerado un pecado: la vida puede ser un don divino pero si el ser humano tiene la libertad para alterar el orden de la naturaleza cuando así lo necesita sin que eso vaya en contravía de Dios -como cuando logra hacer un puente para atravesar un río o cuando esquiva una piedra que le va a caer en la cabeza- ¿por qué no puede alterar el orden de su propia naturaleza cuando le da más sufrimiento que alegría?: claramente es una exaltación a la libertad y la autonomía humanas.

Retomando justamente la noción de muerte digna de la Antigüedad, en la actualidad se habla de eutanasia para pacientes terminales y de suicidio asistido para quienes no lo pueden realizar ellos mismos (personas que tienen una parálisis, por ejemplo)

LSA: Con la conciencia de la presión que puede estar viviendo el personal de salud, o de las consecuencias del encierro en la salud mental, o de la angustia por la crisis económica ¿Cree que se puede estar dando una actitud más comprensiva de la sociedad frente al suicidio?

C.G.: Habíamos logrado suavizar la actitud cristiana condenatoria sobre otras formas de morir que no son las tradicionales, pero dado que las respuestas que ha despertado la pandemia son muy autoritarias y están fundadas en el miedo y en la desconfianza, pensaría que esa ventana se está volviendo a cerrar: la compasión encuentra muy poco espacio para desarrollarse en este contexto.

Las reacciones frente al video de un entierro en Malambo, Atlántico, dan cuenta de ello: los familiares abrieron el ataúd y la bolsa en que el personal de salud había puesto a la persona fallecida por coronavirus. En los medios de comunicación, en las redes sociales hicieron eco de la frase que pronunció uno de los asistentes: “¡el qué tiene miedo, que se vaya!”

Pero nadie escuchó a la mujer que al fondo exclamaba: “¡quiero verle la cara, necesito verle la cara!”

Si mi madre, mi marido, mi hijo, muere rápidamente en una UCI, sin que yo lo pudiera haber visitado en el hospital, probablemente quisiera verle la cara, comprobar que me dieron el cadáver que es, esto es algo muy humano.

Me aterraron todos los comentarios que alcancé a ver sobre ese video, porque eran muy pocos compasivos; de hecho, promovían el odio hacia quienes señalaban como poco irresponsables y hasta morbosos, desconociendo que además en las culturas afro-colombianas, tocar, observar el cuerpo, estar con el cuerpo de la persona que fallece -celebrar o festejar con él presente- es muy importante para la realización del duelo.

La pluralidad de formas de morir y hacer el duelo es aplanada con la idea de la “indisciplina social” lo que nos hace mucho menos tolerantes y abiertos.

LSA: Hoy vemos informes diarios de personas muertas por coronavirus como no los habíamos visto en mucho tiempo por ninguna causa… A los alcaldes les preocupa dónde van a enterrar personas. ¿usted dice que esto en vez de acercarnos a la muerte nos está alejando?

C.G.: Teniendo en cuenta que la muerte sigue siendo un tabú, una de las estrategias es esconderla tras información cuantitativa y discursos impersonales, que no hablan de casos específicos. Como decía Heidegger a comienzo del siglo XX: eso nos permite pensar que quienes mueren son los otros y no yo.

Me entero de que hubo tantos accidentes de tránsito en el año o de que algún tipo de cáncer es muy prevalente en cierta población, pero me engaño pensando que esto le sucede a otras personas que tuvieron mala suerte.

Aunque los medios de comunicación nos estén bombardeando con noticias sobre la muerte en la pandemia, en realidad yo no me puedo identificar con cifras, solo lo puedo hacer con personas como yo, que tengan un rostro, historias similares, familiares y amigos que dejan atrás.

Las estadísticas y las tendencias no nos permiten acercarnos a la muerte, sino sólo desarrollar una conciencia intelectual y abstracta sobre ella que no nos afecta emocionalmente.

LSA: Usted dice que el tratamiento que le han dado a la muerte epidemiólogos, políticos y medios de comunicación nos deja desprovistos para hacerle frente ¿cómo podría ser un mejor manejo?

C.G.: Somos demasiado rápidos en la autocrítica y eso alimenta un autoritarismo innecesario, que no reconoce diferencias y que por la amenaza de la muerte por el contagio justifica todas las restricciones aún si arriesgamos la vida de las personas en casos de enfermedad mental, o de quienes están en peligro en sus propias casas o de quienes tienen que salir a rebuscarse para no morirse de hambre.

En esa línea, los medios de comunicación deberían hacer un esfuerzo grande para arrojar luces sobre las razones que tienen quienes salen a la calle o tienen comportamientos que a priori juzgamos como irresponsables, para entender por qué lo hacen, por qué algunos “insisten” en dejarse contagiar.

Ya muchas otras personas han recordado la peste negra en el siglo XIV. Hay muchas expresiones pictóricas medievales de la “danza macabra”: personas tomadas de la mano bailando en medio de todos los cadáveres que había en la calle.

Algo que quizá no dista tanto de la noticia que también causó revuelo de unos jóvenes en Quibdó que, aprovechando un apagón, se enrumbaron en la calle.

Antes, como ahora, puede que ciertas crisis tengan efectos psicológicos en las personas, causen cierta euforia, una actitud temeraria de enfrentar la muerte, de mirarla a la cara. El peso del estrés por la amenaza de la muerte necesita unas vías de escape.

Valdría la pena explorar un poco más ese tipo de expresiones antes de juzgar a todos de irresponsables.

LSA: Así como los avances médicos han prolongado la vida pero en muchos casos no necesariamente una vida digna, usted dice que las medidas estrictas para evitar el contagio están yendo en contravía de la única vida que merece la pena ser vivida…

C.G.: Los filósofos antiguos sabían que no toda vida merece ser vivida.

Sócrates decía que una vida sin examen, sin que uno se cuestione sus opiniones y prejuicios, no es una vida que valga la pena vivir.

Para los estoicos era fundamental la libertad, poder tomar decisiones y no solo obedecer órdenes; en ese sentido Séneca pensaba, por ejemplo, que bajo una dictadura era muy justificable el suicidio, por ejemplo. Claramente, en la Antigüedad, el concepto de dignidad era mucho más amplio que el nuestro, que se reduce a no tener dolor físico y contar con condiciones básicas de satisfacción de las necesidades.

Ahora, con la pandemia por defendernos de la muerte y conservar nuestra vida biológica estamos dejando de vivir la única vida que vale la pena vivir, la vida en comunidad con otros, con los familiares, con amigos, con estudiantes -en el caso de los que somos profesores-. Una en la que los lazos sociales son importantes. Una buena vida es una vida en comunidad.

Por NATALIA ARBELÁEZ JARAMILLO 

Tomado de: https://lasillavacia.com/silla-academica/universidad-los-andes-facultad-ciencias-sociales/pandemia-retrocedimos-las-actitudes