Marieke Vervoot

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Marieke Vervoot

Las puertas se abren para ti en Diest, una ciudad del noreste de Bélgica, cuando andas con Marieke Vervoort.

Si vas a un restaurante, todos la conocen, la felicitan por haber ganado dos medallas en los Juegos Paralímpicos de Río 2016 y ella levanta su vaso para brindar con una familia que celebra un cumpleaños.

A sus 37 años la velocista sufre tanto dolor, que sus gritos despiertan a los vecinos durante la noche.

Cuando su preciada y ferozmente defendida independencia comenzó a esfumarse poco a poco, ella decidió planificar su propia muerte.

Hace ocho años Vervoort firmó los papeles que, en un punto, autorizarán a un doctor a terminar con su vida. No es que ella quiera morir. Ella quiere vivir pero en sus propios términos.

“Mi mente dice que sí, pero mi cuerpo sufre”

Han pasado varios meses desde que ganó una medalla de plata y una de bronce en sus segundos Paralímpicos.

En la puerta de su apartamento especialmente adaptado, nos recibe Zenn, la labrador que asiste a Vervoort.

Las enfermeras vienen cuatro veces al día para atenderla desde el punto de vista médico, pero Zenn le ofrece una porción extra de independencia.

La ayuda transportando objetos y la asiste mientras ella se viste. Pero sobre todo, contribuye a mejorar su estado de ánimo.

“Cuando estoy feliz, ella es feliz”, dice Vervoort. “Cuando me pongo de mal humor, ella se asusta y va a sentarse a otra parte de la casa para no molestarme. Si lloro, se acostará a mi lado, me lamerá la cara y me abrazará. Cuando voy a tener un ataque epiléptico, ella empuja su cabeza en mis rodillas”.

Las paredes del apartamento están repletas de fotos y pinturas de sus momentos más felices. Las medallas, los trofeos y botellas de champán se apilan en los armarios.

Esos logros le han costado mucho. Una condición progresiva e incurable que afecta su espina dorsal le fue diagnosticada cuando tenía 21 años.

“Sé cómo me siento ahora, pero no sé qué pasará dentro de media hora”, explica.

“Puede que me sienta muy, muy mal, que tenga un ataque epiléptico, llore y grite de dolor. Necesito muchos analgésicos: Valium, morfina…”

“Mucha gente me pregunta cómo es posible que pueda tener tan buenos resultados e, incluso, sonreír con todo el dolor y la medicación. Para mí, correr en la silla de ruedas, es como un medicamento”.

En 2013, un accidente dejó uno de sus hombros muy dañado. El doctor le dijo que nunca volvería a competir al primer nivel.

“Convertí mi cama en un gimnasio”, recuerda.

“Estuve haciendo mis propios ejercicios. Después de la rehabilitación, rompí tres records mundiales“.

La medalla de plata en el evento T52 400 metros en Río llegó después de 30 horas de terribles malestares y un día entero recibiendo sueros de rehidratación en la Villa Olímpica.

El bronce en los 100 metros planos lo ganó después de que una infección en su vejiga le provocara fiebre alta.

Ella explica que esas medallas tienen un lado triste y otro alegre.

“No puedo imaginar una mejor manera de terminar mi carrera, pero también siento tristeza por tener que decir adiós al deporte”.

“Otras personas dejan de competir porque dicen que no quieren hacerlo más. Yo tengo que parar porque mi mente dice que sí, que vaya más allá, que puedo hacerlo; sin embargo, mi cuerpo sufre, pide ayuda, me dice que deje de entrenar”.

“Muy duro”

Para conocer mejor la vida de una atleta conocida como “La Bestia de Diest”, fuimos a ver a su amiga Lieve Bullens, una mujer que Vervoort llama “Madrina”.

Bullens nos recibe en su casa que es, al mismo tiempo, hogar y sitio de retiro budista.

Vervoort conoció a Bullens, una terapista y entrenadora mental, mientras participaba en una triatlón para atletas paralímpicos en Hawaii en 2007.

Esta especialidad se convirtió en su pasión cuando su enfermedad la hizo depender de una silla de ruedas.

Fue campeona mundial de triatlón paralímpico dos veces, pero en 2008 su salud se deterioró y tuvo que dejar esa disciplina deportiva.

En aquel momento, el dolor era una agonía y la pérdida de independencia era insoportable. Le dijo a su amiga que quería morir.

“Ella dijo que no tenía sentido vivir porque era muy duro y muy malo”, cuenta Bullens.

Su recomendación fue que viera al doctor Wim Distelmans, un experto en cuidados paliativos. Él sugirió una opción alternativa: eutanasia.

La eutanasia es legal en Bélgica desde 2002. Se puede practicar solo si un paciente tiene una enfermedad incurable, padece un dolor insoportable y es capaz de tomar decisiones racionales en el momento de pedirla. Incluso así, dos médicos tienen que estar de acuerdo en que es esa la acción correcta.

Bullens fue la primera persona con quien Vervoort compartió su decisión.

Es, además, la persona que ella quiere tener a su lado cuando muera.

“Inmediatamente la apoyé”, declara Bullens.

“Ella es testaruda. Ella sabe lo que quiere y lo que no. Un infierno en vida no es lo que ella quiere“.

“Tuve el presentimiento de que esa decisión era algo que ella podía controlar y que si ella tenía el control de su vida, viviría más. El dolor siempre está ahí. Ella no tiene que esperar que el dolor decida. Ella le dice: Yo decido cuando me voy, no tú”.

El apoyo de los padres

Jos y Odette Vervoort son unos padres orgullosos. Ellos han visto a su pequeña niña atleta convertirse en una deportista de categoría mundial.

Como todos los padres, saben que deben dejar ir a su hija.

En su caso, dejarla ir significa apoyar su decisión de terminar con su vida a través de la eutanasia.

“Ella siempre ha sido muy independiente”, señala Jos.

“Cuando se vio en una silla de ruedas, le asustó la idea de vivir como una persona discapacitada, con mamá y papá bajo el mismo techo”.

“Ves su situación, eres realista y dices: sí, si ella se siente mejor eligiendo la eutanasia, puedo vivir con eso“.

“Al principio fue una decisión a futuro. Ahora sabemos que le futuro está cada vez más cerca”.

“Tengo mucha suerte, a pesar de esta miserable y fea enfermedad que odio”, asegura la atleta, que agradece el apoyo de sus familiares y amigos.

¿Le teme a la muerte?

“Ya no estoy asustada. Lo arriesgo todo y adoro hacer todas estas cosas porque no tengo miedo de morir“.

“Si no hubiera firmado esos papeles, no hubiera sido capaz de ir a los Paralímpicos. Yo era una persona muy depresiva. Estaba pensando cómo iba a matarme”, argumenta.

Todas las personas que han firmado esos papeles aquí en Bélgica se sienten mejor. No tienen que morir dolorosamente. Pueden escoger el momento y estar con las personas que ellos quieren estar”.

Vervoort explica que ha planeado su funeral y confiesa cómo quisiera que la recuerden: “Quiero que la gente recuerde que Marieke fue alguien que vivió día a día y disfrutó cada pequeño momento”.

Tomado de la BBC

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