OPINIONES
EL DERECHO A MORIR
Peter Singer *
La eutanasia legal mejoró la atención médica en los países donde se practica.
El 21 de diciembre, un médico italiano, Mario Riccio, desconectó el respirador que mantenía con vida a Piergiorgio Welby, quien sufría de distrofia muscular y estaba paralizado. Había batallado sin éxito ante la justicia italiana para que se aceptara su derecho a morir. Después de que Riccio le administrara un sedante y apagara el respirador, Welby dijo "gracias" tres veces: a su esposa, sus amigos y su doctor. Cuarenta y cinco minutos más tarde dejaba de existir.
La petición de Welby tuvo mucha publicidad en Italia, donde generó un acalorado debate. En el momento en que escribo estas líneas, no está claro si se va a acusar a Riccio por algún delito. Por lo menos un político italiano ha pedido que se lo arreste por homicidio.
La muerte de Welby plantea dos preguntas que es necesario distinguir. Una de ellas es si una persona tiene derecho a rechazar un tratamiento médico de soporte vital. La otra es si éticamente es posible defender la eutanasia voluntaria.
Para todo tratamiento médico debería ser requisito un consentimiento informado del paciente, siempre que este sea un adulto competente en condiciones de tomar una decisión. Obligar a un adulto competente a recibir un tratamiento médico equivale a una agresión. Podemos pensar que el paciente está tomando una decisión equivocada, pero debemos respetar su derecho a tomarla. Este derecho se reconoce en la mayoría de los países, pero aparentemente no en Italia.
Hasta la Iglesia Católica Romana ha sostenido desde hace largo tiempo que no existe la obligación de utilizar medios "extraordinarios" o "desproporcionados" para prolongar la vida, punto de vista reiterado en la 'Declaración sobre la eutanasia', hecha pública por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por el papa Juan Pablo II en 1980. Este documento declara que rehusar un tratamiento médico gravoso "no es equivalente a un suicidio". Por el contrario, este rechazo "se debe considerar como una aceptación de la condición humana, o un deseo de evitar la aplicación de un procedimiento médico desproporcionado en relación con los resultados que es dable esperar, o un deseo de no imponer gastos excesivos a la familia o a la comunidad".
Tal descripción se aplica bien al caso de Welby. Desde su punto de vista, Riccio estaba haciendo lo que cualquiera debería haber estado preparado a hacer por Welby, que sufría de parálisis y no era capaz de poner en la práctica su rechazo a un tratamiento médico gravoso.
Si el caso de Welby cae en el lado correcto de la línea trazada por la doctrina de la Iglesia Católica, la pregunta más de fondo es si esta la ha trazado por un lugar que tenga sentido. Si un paciente con una enfermedad incurable puede rechazar un tratamiento gravoso a sabiendas que ello implicará su muerte, ¿por qué uno con una enfermedad incurable cuya vida no está siendo mantenida por tratamiento médico alguno, pero que encuentra que la enfermedad misma hace que vivir sea una carga, tendría que ser incapaz de buscar ayuda para deshacerse de esa carga?
Los defensores de la doctrina católica responderían que en el último caso el paciente quiere poner término a su vida, y que eso está mal, mientras que en el primer caso el paciente meramente desea evitar la carga adicional que el tratamiento le significaría. Por supuesto, la muerte es una consecuencia previsible de evitar esa carga, pero es una consecuencia que no se busca directamente. Si el paciente pudiera evitar esa carga y aun así seguir viviendo, eso sería lo que elegiría. Argumentarían que no se debería haber ayudado a Welby, ya que dijo expresamente que deseaba morir, no que quería evitar un tratamiento gravoso.
Esta distinción es cuestionable. En ambos casos, el paciente elige conscientemente un curso de acción que lo llevará a la muerte, en lugar de uno alternativo que lo llevaría a una vida más larga, pero difícil de vivir. Al poner el énfasis en la intención más limitada de rechazar un tratamiento gravoso, en lugar de las implicancias más generales de esa elección, la Iglesia Católica Romana puede evitar la implicancia inhumana de que los pacientes siempre deben aceptar un tratamiento que prolongue sus vidas, sin importar lo costoso o doloroso que pueda llegar a ser. Pero lo hace al costo de hacer incoherente su propia y vigorosa oposición al suicidio asistido y a la eutanasia voluntaria.
Muchos países reconocen el derecho legal a rehusarse a recibir tratamiento médico. Sin embargo, solamente en Holanda, Bélgica, Suiza y el estado estadounidense de Oregon se permite a los médicos ayudar a los pacientes a poner fin a sus vidas por medios distintos que retirar un tratamiento de soporte vital.
Holanda, en particular, ha sido objeto de una implacable campaña de desprestigio. Los críticos plantean que la legalización de la eutanasia voluntaria ha producido una degradación de la profesión médica y todo tipo de otras graves consecuencias. Sin embargo, si estas acusaciones son ciertas, los holandeses no se han dado por enterados. A pesar de que ya ha habido un cambio de gobierno en Holanda desde que se legalizara la eutanasia voluntaria, no ha habido ninguna iniciativa para revertir esta medida. Simplemente, no hay apoyo público para algo así.
Los holandeses saben cómo se practica en su país la eutanasia voluntaria, y cómo la eutanasia legal he mejorado la atención médica en lugar de dañarla, y desean la posibilidad de recibir ayuda para morir, en caso de que lo deseen y necesiten. ¿No se trata de una opción que todos deberíamos tener?
Peter Singer es profesor de bioética de la Universidad de Princeton. Algunos de sus libros publicados son Practical Ethics y Rethinking Life and Death.
© Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
Peter Singer *
DOCTOR, QUIERO MORIR EN MI CASA
La etapa final de la vida, vale decir, nuestro proceso de morir,
nos pertenece en forma absoluta.
Alfonso Llano Escobar, S. J.
Negar los beneficios que ha aportado la medicina –profesionales de la salud, clínicas y hospitales- a la humanidad, fuera de ser una lamentable ceguera, constituiría una imperdonable ingratitud.
Uno de los más grandes avances médicos de la posguerra, las unidades de cuidado intensivo, han salvado millones de vidas humanas en este siglo. Según estadística fidedigna, un 60% de los pacientes que ingresan en todo el mundo a estas unidades, salen de ellas con vida, que la perderían seguramente de no existir tales servicios especializados.
Si en siglos pasados se moría naturalmente, habría que decir “humanamente” en casa, en la segunda mitad del siglo XX, el 80 por ciento de las personas muere en instituciones hospitalarias, vale decir, fuera de casa, a disposición de los demás, no sólo familiares, sino en especial, profesionales de la salud. Ya lo escribimos hace algunos años con buena acogida de sanos y enfermos: ¡Nos robaron la muerte!
Con todo, percibo una toma de conciencia, cada vez más generalizada, al menos en nuestro país, participada por otros muchos, ni no por todos, de la necesidad y el derecho a exigir que nos permitan morir en casa.
Este fenómeno, humano como pocos, de querer morir en casa, se sitúa dentro de otros muchos intentos de retorno a lo natural, como resultado de un inmenso cansancio con lo técnico, lo aparatoso, lo artificial.
No otra explicación encuentra el cansancio que se va acumulando en muchos seres humanos, de asistir a tantas reuniones, comités, cócteles y restaurantes, y el consiguiente deseo de volver temprano a casa, quitarse el traje de calle, montarse en un par de zapatos viejos, comer la comida casera y echarse “al canasto” a leer, hacer el crucigrama del EL TIEMPO, y echarse también a dormir al arrullo de un par de boleros. Estas sanas libertades y estos derechos no se pueden ejercitar en casa ajena ni en el mejor hotel de cinco estrellas.
Por este camino avanza el deseo de ejercitar el sagrado derecho de volver a casa, cuando la enfermedad es terminal. Somos cada día más las personas que nos inclinamos a impedir, con pleno derecho, que hagan y deshagan con nuestra frágil existencia “desahuciada”, que tan sólo pide cuidados paliativos y el derecho a tomar uno mismo las decisiones con respecto a su final, para morir en paz con Dios en medio de los suyos.
¿Qué sentido tiene durar unas semanas más, así sean unos meses y aun años, para venir a morir desolado, lejos de los seres queridos, rodeado de blusas blancas, monitores, chuzado por los cuatro costados y con sondas y tubos por todos los orificios, después de cirugías, dolores infinitos, gastos estratosféricos, sin conocimiento, sin libertad, sin afecto, sin Dios? ¡No hay derecho! El hecho de morir también tiene que volver a ser humano.
La etapa final de la vida, vale decir, nuestro proceso de morir, nos pertenece en forma absoluta, y no podemos cederlo ni dejar que otros se apoderen de él.
Debemos manifestar claramente, a quienes corresponda, al ingresar a la clínica u hospital, que aceptamos la intervención, el tratamiento o la cirugía solo en la medida en que sean sensatos y haya esperanza, bien fundada, de sobrevivir, con una buena calidad de vida. De lo contrario pidamos y exijamos que suspendan toda intervención grave o leve, y que nos dejen pasar los últimos días o meses de nuestra existencia en casa, rodeados de nuestros seres queridos, y del más querido de todos, Nuestro Señor Jesucristo.
Señor doctor, se lo pido por su madre bendita: ¡Déjeme morir en casa! ¡Es mi derecho y punto!
Tomado de EL TIEMPO
A TÍTULO PERSONAL
Por María Elvira Samper
De nuevo está sobre el tapete el tema de la eutanasia, más concretamente el del suicidio asistido, por cuenta de Mar adentro, la película del español Alejandro Amenábar, basada en un caso real. Una cinta hecha desde una perspectiva ética secular, filosófica y racional que incluso la ley entiende –nadie es detenido por intento de suicidio-, y que desde el comienzo toma partido por le derecho del protagonista tetrapléjico, Ramón Sampedro, a decidir su muerte.
Se trata de la defensa que hace una persona incapacitada, que depende de otros para realizar hasta sus funciones más íntimas, del derecho a poner fin a su vida porque se le ha hecho intolerable. La enfermedad terminal, el dolor intratable no son las principales razones para no querer vivir. Es algo más fundamental: la pérdida de la independencia, de las capacidades, de la dignidad…
Respeto los argumentos de quienes creen que Dios es el único dueño de la vida, que solo El puede quitarla y que el suicidio es, como dice Juan Pablo II en la encíclica Evangelium Vital, “un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte”. Sin embargo, no me parece que los argumentos de la Iglesia Católica sean universales, ni justificación suficiente para decidir política y públicamente sobre todos aquellos que, con todo y sus creencias o su falta de ellas, aceptan la eutanasia como una opción moral en casos críticos y excepcionales.
En Colombia, la Corte Constitucional, con ponencia del magistrado Carlos Gaviria, despenalizó en 1997 la eutanasia en pacientes terminales que lo soliciten en forma expresa, y hoy existe consenso, aun dentro de la iglesia, en que si la medicina no puede hacer más y la lucha contra la enfermedad es infructuosa e inútil, es legal y ético dejar que la naturaleza siga su curso, haciendo énfasis en el tratamiento paliativo.
¿Qué diferencia hay entre dejar que la vida se extinga como una llama o soplar para que se apague?
Entiendo que un tercero no pueda pedir la muerte de alguien en estado de coma, pero ¿Por qué si una persona, en uso de sus facultades, pide morir porque no resiste más –por incapacidad, dolor, pérdida total de la calidad de vida-, no puede acudir a un médico para que le de el empujoncito final? Si vivir se convierte en sinónimo de sufrimiento, ¿cuál es la diferencia entre dejar que la vida se extinga lentamente como una llama o soplar para que la llama se apague más pronto?
Creo que las personas son autónomas, dueñas y responsables de sus actos, capaces de gestionar no sólo su vida sino aún, llegado el caso, su propia muerte. Que, además, les debería asistir el derecho de que alguien idóneo les ayude a bien morir cuando ya no haya más salidas. Es cierto que la autonomía tiene sus límites en la autonomía de los demás, pero no entiendo por qué si hay acuerdo paciente-familiares-médico, no es posible acelerar la partida.
Sobre el tema hay muchas reservas y múltiples interrogantes. Legalizar el suicidio asistido podría inducir a personas con intereses oscuros a presionar a un familiar enfermo para que pida su muerte; los que sufren depresión clínica severa –que puede ser controlada- querrán morir sin más, y muchos temen por la posibilidad de que médicos inescrupulosos puedan expedir partidas de defunción antes de tiempo.
Todos son argumentos válidos que apuntan a la necesidad de establecer las normas éticas y jurídicas necesarias para evitar abusos; controles estrictos para confirmar el grado de consciencia del paciente – que no esté bajo influencia de otros-; protocolos para verificar el diagnóstico, comisiones éticas hospitalarias. Si está permitido ayudar a bien morir con tratamientos paliativos, ¿por qué no permitirlo con una inyección piadosa? Cada caso es único. No se trata de hacerlo obligatorio, se trata de ampliar el margen de discusión.
Tomado de la Revista Cambio
LA CIUDAD Y EL MUNDO
Apología de la muerte asistida
Mario Mendoza
Cuando hemos estado a los pies de la cama de una persona amada que agoniza de mala manera, que sufre con los dolores en la espalda, en las piernas y en la cadera por la enfermedad tan prolongada, con los espasmos, los ahogos, la irritación de la piel, el mareo y la debilidad permanente, las ganas de comer y no poder hacerlo, y vemos ese deterioro progresivo que lo va convirtiendo en otro ser, en otra persona distinta de la que conocíamos, nos preguntamos entonces por qué la medicina no contempla para ciertos casos especiales la posibilidad de una muerte rápida y sin dolores atroces. En casos así, extremos, terminales, donde el paciente no tiene retorno y donde se sabe que sus últimos días serán un infierno de desesperación y sufrimiento, debería permitirse una muerte asistida.
Muchas veces me he preguntado por qué somos más caritativos y bondadosos con los animales que con las personas. Cuando un caballo tiene una lesión grave y definitiva en una finca, se sacrifica para evitarle una agonía atroz. Cuando un perro esta en una situación desesperada y sabemos que va a morir en medio de dolores y ataques infernales, no lo dejamos sufrir inútilmente, lo llevamos a una veterinaria y le ponemos una inyección en un último gesto de cariño. Creo que a nadie se le ocurriría pensar que amar a su animal significa dejarlo chillando de dolor en un rincón d la casa. No. Sabemos que el verdadero afecto es aquel que no deja sufrir a quienes amamos.
Entonces, si entendemos esto con facilidad en el caso de un potro, un perro, o un gato, ¿por qué cuando se trata de personas empieza a funcionar toda una maquinaria de falso humanismo y moralidad mal entendida? Conozco de memoria los argumentos de médicos y sacerdotes: que la vida la da Dios y sólo El puede suprimirla, que es sagrada, que no se estudia medicina para matar sino para salvar, y afirmaciones por el estilo.
Pero lo que no parecen entender estas personas es que estar botado en una cama durante meses, atravesado por dolores en todo el cuerpo, lleno de llagas, con la piel pegada a los huesos, sin poder comer, sin hablar, sin poder salir a ver la luz del sol, sin disfrutar, sin poder reír, sin poder volver a hacer el amor nunca más, invadiendo la habitación con olores agrios y desagradables, contemplando todos los días las mismas paredes, levantándose a las horas de la madrugada con la respiración entrecortada y la cabeza a punto de estallar, conectada al oxigeno y con agujas metidas todo el tiempo en las venas de los brazos y del cuello, estar así, digo, ya no es vida.
Lo que defienden los médicos y los sacerdotes no es la vida, sino un estado miserable en el que loa mejores dones y las mayores alegrías ya no se pueden disfrutar. Lo que defienden estos aparentes moralistas es el sufrimiento, la pena, la mortificación, el martirio y la tortura.
Por eso entiendo perfectamente que un vitalista como Hemingway, al final de sus días enfermo y aniquilado por tratamientos psiquiátricos inhumanos, haya sacado su escopeta de cazar elefantes y se haya volado la cabeza en Idazo en 1961. Por eso entiendo que un vitalista como el filosofo Pilles Deleuze se haya arrancado los tubos y las jeringas que lo tenían postrado en una cama y se haya lanzado por la ventana de su apartamento en París. Porque un vitalista defiende la vida a toda costa, la Vida con mayúscula, no un estado denigrante y abyecto de una existencia cualquiera.
Si algún día llego a estar en una situación semejante, espero que ésta, mi ciudad, me brinde un rincón donde alguien que de verdad me haya amado con hondura, me permita partir dignamente.
Tomado de EL TIEMPO, Enero 24 de 2004
DE LA VIDA Y DE LA MUERTE
Lucy Nieto de Samper
Sabemos todos, con absoluta certeza, que tarde o temprano nos iremos de este mundo. Sin embargo, hablar de la propia partida a nadie le gusta. A todos nos asusta. La sola idea de que eso tendrá que suceder la rechazamos como un mal pensamiento. Porque es difícil acostumbrarse a pensar en la muerte. Y eso que en Colombia, más que en otros países, tropezamos con la muerte a todas horas, en todas partes. Pues además de las muertes naturales comunes y corrientes, en este país mueren trágicamente, todos los días muchos colombianos, víctimas de una guerra fratricida que no da trazas de terminar y que ha cubierto de sangre nuestro territorio a lo largo de los últimos cincuenta años.
El tema de las muertes trágicas lo explotan permanentemente los medios de comunicación. Podría decirse que es el “plato” fuerte en todos los tele noticieros. Y esas malas noticias, adobadas con terribles imágenes, se repiten tanto que hemos llegado a familiarizarnos con ese macabro espectáculo. Se advierte entonces un extraño contraste: mientras solo pensar en la propia muerte nos da pavor, ver a diario en televisión, periódicos y revistas el reguero de muertos que dejan los ataques guerrilleros y paramilitares contra ciudadanos inermes, o ver la fila de cadáveres que quedan después de los combates entre Fuerzas Militares y cuerpos armados ilegales, no nos conmueve tanto como debiera conmovernos. Porque espectáculos tan macabros vistos con tanta frecuencia, ya son parte de nuestro paisaje.
Con todo y lo angustioso que puede ser pensar en la propia muerte, ese ejercicio es importante hacerlo para acostumbrarse a reconocer que el camino de la vida tiene un final. Y ese final puede ser más humano, menos traumático, más digno para el enfermo y para su familia, si cada persona, en posesión de todas sus facultades, tiene la precaución de tomar decisiones sobre qué deben hacer los médicos y los propios familiares en presencia de una enfermedad incurable. Esto requiere una preparación personal y preparar a los seres queridos para que ellos se encarguen de hacer cumplir la voluntad del paciente. Pues esas decisiones tienen que ver con aceptar o rechazar tratamientos médicos, operaciones, cuidados intensivos y los demás recursos que utilizan los médicos para prolongar la vida de un enfermo.
Frente a una enfermedad incurable, todo enfermo tiene derecho de impedir que le prolonguen sus sufrimientos; de pedir que no le mantengan una vida que ya no es vida, que le permitan en cambio tener una muerte digna, evitando operaciones, tratamientos y cuidados intensivos que sin poder atajar la enfermedad condenan a sufrir más al paciente. En estos casos, cuando el enfermo padece un mal incurable, los médicos que están en la onda de la muerte digna, alivian los sufrimientos con analgésicos y otros medios paliativos. Entre tanto, los parientes del enfermo deben manejar con serenidad y con paciencia una situación complicada y dolorosa a la vez; su deber es cumplir y hacer cumplir la última voluntad del ser querido que pide morir en paz. Y dignamente.
Este entrenamiento se recibe, con mucha naturalidad, a través de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, DMD, primera entidad en América Latina que durante varias décadas ha promovido y practicado, en forma valiente y desinteresada, el derecho a una muerte digna. Con el apoyo y los consejos de científicos, sacerdotes, abogados y psicólogos, la Fundación DMD se ha dedicado a difundir la filosofía de la muerte digna, que comparte un respetable número de afiliados a DMD. Se realiza una campaña continua en centros médicos, hospitales y escuelas de medicina, pues en esos sectores no todos aceptan que los pacientes terminales rechacen operaciones y cuidados intensivos de última hora y se niegan a respetar la última voluntad de esos enfermos. Ese rechazo, que puede ser respetable pero es insostenible, lo sustentan recurriendo al juramento de Hipócrates, según el cual la obligación de todos los médicos es prolongar, a toda costa, la vida del enfermo. Pero si esa vida ya no tiene remedio, uno cree que el deber del médico es aminorar los sufrimientos del paciente y velar porque esa vida se extinga de la manera más digna.
Lo dice en el último boletín de la DMD el neurocirujano Juan Mendoza-Vega, presidente de esta Fundación: “Esperemos que en el futuro inmediato se logre cada vez más el ambiente adecuado para la dignidad de la persona enferma y, en ella, la dignidad de su muerte cuando ésta se torna inevitable”.
DERECHO A UNA MUERTE DIGNA
Ramiro Andrade Terán
El ser humano es libre de vivir conforme a su voluntad mientras no viole normas básicas de convivencia social. Pero, ¿tiene derecho a disponer su muerte en casos sin remedio que lo condenen a una “vida” enteramente artificial? El tema provoca aguda polémica. Partidarios y enemigos esgrimen argumentos respetables. En Holanda, el asunto se debatió por años y finalmente se aprobó por el Parlamento una ley que permite al médico desconectar los tubos al desahuciado. También en Alemania se estudió una disposición similar. En los Estados Unidos, los medios informativos concedieron amplio espacio al debate desatado por un médico que se hizo célebre por reconocer que había aplicado la eutanasia a quince de sus pacientes.
La discusión involucra aspectos religiosos, morales, éticos y humanitarios. Mucha gente opina que sólo Dios puede disponer de la muerte. Un criterio común a los católicos. Pero no a todos. Los hay que defienden el derecho a una muerte digna y hacen parte de organizaciones que se encargan de velar que se cumpla esta voluntad última, expresada por escrito y con el conocimiento de sus familiares más cercanos y de su médico.
El caso de los “vegetales” —como se les denomina en la jerga médica— es típico. Su corazón funciona pero, de hecho, están muertos. La vida es el gozo, el sabor, la sensación, la palabra, el dolor, la alegría; pensar, juzgar, el movimiento y la comunicación. Todo lo que el enfermo desahuciado —inmóvil en su lecho— no volverá a experimentar. ¿Se justifica prolongar esa penosa situación y el dolor de la familia? ¿Qué pasa por la mente de esa persona condenada al silencio?
Debería existir una regulación estricta que autorice al médico —en esos casos— a practicar la eutanasia, ayudar al paciente a morir con dignidad y evitar el calvario de la familia. Nada se gana con prolongar el sufrimiento. Por supuesto, en asunto tan delicado habría que establecer un control rígido y convertir en transparente algo que hoy se hace en forma clandestina. Es mejor que el lúgubre asunto se ventile a cubrirlo con hipocresía y disimulo. Liberar del dolor a una persona en tales condiciones es, además, un acto de caridad y compasión.
Ni siquiera el amor —que logra casi todo— vence a la muerte. El final de la vida no debe convertirse en un tormento prolongado para el enfermo y para la gente que lo ama, cuando se agotó lo que podía hacerse para salvarlo.
El Congreso —que dedica tantas horas a debates inútiles —debería ocuparse de este asunto. Como ha ocurrido en países europeos y asiáticos que han expedido normas para estos casos. Hay una cierta tendencia a prolongar el hecho inevitable de la muerte cuando se ha hecho todo por evitarla. Olvidando la vieja sentencia —dura pero exacta—: “polvo eres y en polvo te convertirás”.
Tomado de “El País” Cali, Enero 21 de 2004.
EL BUEN MORIR Y LA EUTANASIA
Dra. Isa Fonnegra de Jaramillo
La reciente adopción de la eutanasia en Holanda nos obliga a tomar conciencia de la necesidad de que cada cual se adueñe de su muerte y no delegue en los demás las decisiones que conciernen a su final. Por ello, conviene aclarar algunos puntos que con frecuencia confunden.
La eutanasia no es nueva ni es ajena a cultura alguna. El hecho de que el médico que la practique –a solicitud explícita del paciente terminal– puede no ser penalizado por ello, no la convierte en la panacea. Se trata de una opción que no es sugerencia ni obligación. La misma autonomía del ser humano que le da el derecho a solicitarla, le concede el derecho a rechazarla como alternativa en favor de una de las otras opciones.
Es una alternativa para los no creyentes o para los que elijan hacerlo –en su fuero interno-, pues la Iglesia Católica la desaprueba porque considera la vida un don divino, que sólo Dios puede retirar.
OTRAS ALTERNATIVAS
MUERTE DIGNA – Es la muerte que muchos quisieran tener. El paciente es tomado en cuenta durante todo el proceso por médicos y familiares y sus decisiones orientan el proceder médico. Quien muere está al tanto de lo que ocurre y su dolor y sus síntomas son atendidos preferiblemente en la casa y acompañado por sus seres queridos.
CUIDADOS PALIATIVOS – Es un programa interdisciplinario de asistencia integral a las necesidades físicas, emocionales, familiares y espirituales del paciente, dirigido a cuidar y aliviar y no a curar lo incurable.
EUTANASIA PASIVA – Se entiende por ello el retirar o abstenerse de iniciar procedimientos que ya no son justificables. Se mantiene toda la medicación necesaria para aliviar el dolor, los síntomas o el sufrimiento, aún si su aplicación acortase la vida.
EUTANASIA ACTIVA – Es la acción médica, generalmente en forma de inyección letal, que se aplica al paciente terminal para acabar con su vida. El paciente debe haberla solicitado consciente y expresamente y su caso debe ser terminal, irreversible, con dolor y sufrimiento insoportables e intratables.
SUICIDIO MÉDICAMENTE ASISTIDO – En este caso el paciente emplea la sustancia que le ocasionará su muerte, pero su médico se la prescribe o la facilita.
DISTANASIA – La muerte se dilata por la aplicación indiscriminada de la tecnología médica. La meta es la prolongación de la vida sin importar su calidad. El mantenimiento de un paciente terminal en una Unidad de Cuidados Intensivos es un clásico ejemplo de distanasia.
Es importante que usted:
- Se forme, es decir, que asista a conferencias, lea en revistas y libros y consulte con expertos en el tema. En otras palabras, aunque le cueste trabajo por no ser un tema fácil, enfréntelo, no lo posponga.
- Reflexione acerca de sus preferencias a la hora de morir: informado o no, en casa o en clínica, con familiares cerca o solo, con medicación para el dolor si llegaré a tenerlo o no, aprobando todos los procedimientos disponibles o aceptando tan sólo los que razonablemente le procuren bienestar y alivio, etc.
- Converse con su familia sobre estos temas o con quienes posiblemente cuidaran de usted cuando llegue su final. Deje a un lado el miedo y los prejuicios. No es de mal agüero hablar sobre la muerte, compartir sus preferencias oportunamente es muy importante y le ahorrará muchas dudas a sus familiares.
- Escriba esos deseos o consiga un documento gratuito: “Esta es mi voluntad” en la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, teléfonos 313 16 07 y 345 40 65, de Bogotá, y llénelo.
- Hable con su médico y déjele conocer lo que usted ha pensado.
Tomado de la Revista Carrusel del 10 de mayo de 2002
El Mantenimiento de la vida mediante técnicas
de reanimación o prolongación de la vida
Padre Marciano Vidal (Eticista español)
La Distanasia
En este grupo pueden presentarse situaciones diversas, aunque todas ellas tienen un rasgo común que las identifica: la vida es mantenida necesariamente (o casi exclusivamente) mediante las técnicas de prolongación o reanimación. Si se llega a comprobar que ha tenido lugar la “muerte clínica” (muerte irreversible de la corteza cerebral), no tiene sentido mantener la vida vegetativa. Aún cuando no pueda comprobarse la existencia de la muerte clínica, se dan situaciones en las que lo único que puede lograr la reanimación es la prolongación de una vitalidad parcial, a veces reducida a reflejos casi exclusivamente vegetativos.
En tales situaciones no es inmoral, y a veces será recomendable, (atendiendo a razones económicas, familiares, psicológicas, etc.), suspender el tratamiento distanásico. Pió XII se expresó de la siguiente manera en 1957: “si es evidente que la tentativa de reanimación constituye, en realidad, tal peso para la familia que no se le puede en consciencia imponer, ella puede insistir lícitamente para que el médico interrumpa sus intentos y el médico puede condescender lícitamente con esta petición. No hay en este caso ninguna disposición directa de la vida del paciente, ni eutanasia, la cual no sería lícita”.
El cardenal Villot, secretario de Estado, en carta dirigida en nombre del Papa a secretario general de la Federación Internacional de las Asistencias Médicas Católicas, escribió en 1970: “En muchos casos ¿no sería una tortura inútil imponer la reanimación vegetativa en la última fase de una enfermedad incurable? El deber del médico consiste más bien en hacer lo posible por calmar el dolor en vez de alargar el mayor tiempo posible, por cualquier medio y en cualquier condición, una vida que ya no es del todo humana y que se dirige naturalmente hacia su acabamiento”.
La Ortotanasia
El Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Alemana formuló el contenido de este derecho básico del ser humano del siguiente modo: “Al afrontar un problema tan fundamental es necesario primero, mantener firme un punto: que toda persona tiene derecho a una muerte humana. La muerte es el último acontecimiento importante de la vida y nadie puede privar de él al ser humano, sino más bien debe ayudarle en dicho momento. Esto significa ante todo, aliviar los sufrimientos del enfermo, eventualmente incluso con el suministro de analgésicos, de tal forma que pueda superar humanamente la última fase de su vida. Ello significa que es necesario darle la mejor asistencia posible. Y esta nos consiste solamente en los cuidados médicos sino, sobre todo, en prestar atención a los aspectos humanos de la asistencia, a fin de crear en torno al moribundo una atmósfera de confianza y de calor humano en el que él sienta el reconocimiento y la alta consideración hacia su humana existencia. Forma parte de esta asistencia también el que al enfermo no se le deje solo en su necesidad de encontrar una respuesta al problema del origen y del fin de la vida, ya que son estos los últimos problemas religiosos que no se pueden eliminar ni rechazar. En tales momentos, la fe constituye una ayuda eficaz para resistir y hasta superar el temor a la muerte, ya que da al moribundo una sólida esperanza.
(Tomado del libro Eutanasia: un reto a la consciencia)
ALOCUCIÓN DEL PAPA PIO XII ANTE EL CONGRESO INTERNACIONAL DE ANESTESIOLOGOS
LA PROLONGACIÓN DE LA VIDA
Tiene un médico derecho o esta obligado, en casos de profundo estado comatoso, aún en aquellos que se consideren irreversibles, a usar máquinas de respiración artificial? En la mayoría de estos casos esta situación surge, no al comienzo de los intentos de resucitación, pero cuando la condición del paciente después de una ligera mejoría inicial, se estaciona y se hace claro que solamente la respiración automática lo esta manteniendo vivo.
La solución a este problema, de por sí difícil, se hace aún más compleja cuando la familia insiste al médico responsable y particularmente al anestesista, que remueva el respirador automático para permitir que el paciente, quien está virtualmente muerto, muera en paz.
Los derechos y deberes del médico son correlativos a los del paciente. El médico, en efecto, no tiene un derecho autónomo o independiente; normalmente puede actuar solo cuando para ello el paciente preste su consentimiento explícita o implícitamente, directa o indirectamente. La técnica de resucitación no contiene en si misma nada de inmoral. Por consiguiente el paciente, si es que fuera capaz de tomar una decisión propia, podría legalmente emplearla y consecuentemente autorizar al médico de usar dicha técnica. Por otro lado, puesto que estas formas de tratamiento van más allá de aquellas a las cuales estamos obligados a practicar, no puede afirmarse que hay obligación de usarlas ni de autorizar al médico a que las use.
Los derechos y deberes de la familia dependen generalmente de la presunta voluntad del enfermo inconsciente, cuando es mayor de edad y “sui juris” (legalmente competente). Cuando se trata del deber independiente y autónomo de la familia, esta se limitara a utilizar tan solo técnicas y medios ordinarios.
En Consecuencia si resulta que los esfuerzos por resucitar al paciente constituyen en verdad una carga tan pesada para la familia, no se debe a consciencia imponérsela. Entonces los familiares pueden lícitamente insistir al médico que suspenda tales esfuerzos y éste puede legalmente acceder a ello.
(Tomado de EL PAPA HABLA, Vol. 4 No. 4, 1958)
VIDAS DIGNAS
Santiago Gamboa
La idea proviene de Mar Adentro, esa película densa y extraordinaria de Alejandro Amenábar , y el enunciado es sumamente sencillo: la vida para ser vivida con dignidad, requiere d unos elementos mínimos por debajo de los cuales es difícil sobrellevarla, y es justo ahí cuando surge la pulsión o el deseo de salir de ella. Cada cual sabrá si en algún momento se ha visto en una encrucijada de este tipo, pero lo seguro es que los niveles de tolerancia frente a lo que es insoportable no son iguales para todos y, por supuesto, varían según la historia individual, el afecto o la indiferencia con que cada uno fue educado, los medios con los que se formó, ciertas cualidades físicas o mentales, el nivel de educación y, mirando hacia los más precario el puro y elemental nivel de alimentación.
Quien salió en la vida con cartas malas puede cambiarlas con el tiempo, pero a veces éstas son tan adversas que la tentación más fuerte es cambiar la mesa de juego, y no es otro el caso de Ramón Sampedro, el desafortunado marino gallego que se tuerce el cuello en el mar y queda paralizado. La eutanasia, en su caso, es un derecho fundamental, pues la ley no puede obligar a alguien a vivir en contra de su más fiera voluntad y, sobre todo, en condiciones que él juzga insoportables, cercanas a la tortura, a la indignidad.
Pero las características del caso de Ramón Sampedro lo hacen ser único, pues tal vez otras personas sí podrían haberlo soportado. Se me ocurren dos ejemplos: quienes tengan esa limitación desde el nacimiento, si es que esto es médicamente posible, o quienes tengan una profunda devoción religiosa, como sugiere el propio filme. Amenábar, con su extraordinaria fábula, nos hace pensar en la otra vida, la que está por fuera de las salas de cine. Las vidas que vemos a nuestro alrededor y que juzgamos insoportables e indignas, y que sin embargo, son vividas con temple, llevadas a término por personas que no tienen otra cosa a cambio, ni siquiera el sueño de otra vida. Y uno se pregunta cómo hacen, de donde sacan la fuerza para seguir. Hace unos meses Antonio Caballero citó en su columna un verso muy bello del poeta Milosz: “Todo aquello era insoportable / pero fue soportado”, refiriéndose al sufrimiento judío en la época del Nazismo. ¿Existe un límite para lo que es soportable, o mejor, un umbral tras el cual cualquier persona, cualquiera sea su historia, dirá NO a la vida? Sería muy difícil establecerlo, pero estoy seguro de que todos tenemos ese límite, que al interior de nuestras consciencias o nuestras vidas hay una frontera, un punto de no retorno a partir del cual lanzarse al vacío o cortarse las venas sería una liberación.
Durante un viaje a la India, Cortázar escribió escandalizado que había visto a un niño de la calle hundir la mano en el vómito de un perro buscando algo sólido para comer. En Colombia hay personas que viven como ratas, debajo de los puentes o en las alcantarillas, desplazados que son vistos como animales, hacinados en carpas insolubles niños y niñas que se drogan y que han sido violados y maltratados, y todos ellos se aferran a la vida y la defienden, buscan alimento en las basuras y prolongan esas existencias áridas, porque incluso en esos niveles tan precarios encuentran momentos de placer y cada tanto son felices. El suicidio, y esto lo saben los psicólogos, no es frecuente en los estratos más miserables. La vida puede parecerle peor a una mujer rica, deseada y alcohólica como Marilyn, y por eso se suprime, y su gesto es tan respetable como el de Ramón Sampedro, pues al fin y al cabo nadie firmó aceptando las condiciones antes de nacer, y lo menos que podemos exigirle a este escuálido mundo es una vida digna, que sea lo que cada cual entiende por esa inquietante palabra.
Tomado de la revista Cambio.