La discusión sobre la aceptabilidad ética de la eutanasia y la conveniencia de legalizarla divide a las personas en posiciones opuestas y extremas. Mientras que para unas esta acción representa la posibilidad de liberarse, en caso de necesitarlo, de una vida marcada por el sufrimiento que impone una enfermedad, para otras personas representa una acción condenable por el hecho de tratarse de una acción que causa la muerte. En la práctica esto se traduce en que tenemos unos individuos que quieren contar con la opción de la eutanasia y otros que no quieren contar con ella. Hasta ahí no habría ningún problema, pues ambas posiciones son igualmente respetables. El problema que divide a muchas sociedades se presenta cuando las personas que no quieren la eutanasia para ellas, tampoco quieren que las que sí la quieren cuenten con esa opción. Lamentablemente esta última posición es la única que se respalda en la mayoría de los países, incluido el nuestro. Esto resulta claramente injusto.

No hay forma de sustraerse a ese dato que descubrimos en un momento de nuestro desarrollo y que consiste en saber que el desenlace inevitable de la vida es morir. Algunas personas que ya están muy enfermas pueden tener una idea de cuándo y cómo será su muerte, lo mismo que aquéllas personas que deciden poner fin a su vida. Fuera de estos casos, las personas ignoramos cómo vamos a morir. Lo que sí podemos saber, si alguien nos hace la pregunta (quizá nosotros mismos), es cómo querríamos morir o cómo no querríamos hacerlo y, sobre todo, cómo no querríamos vivir. También sabemos que gracias al incremento en la expectativa de vida y al avance de la medicina y la tecnología, es muy probable que encontremos la muerte en el contexto de la atención médica, sea por padecer una enfermedad terminal o por sufrir un conjunto de complicaciones que se acumulan con los años y nos lleven a buscar ayuda.

Es justamente en los escenarios de atención médica en donde podemos tomar decisiones que influyan en que la etapa final de la vida sea mejor, pero también podemos tomar malas decisiones y hacer que esta última etapa sea peor. Por eso es importante ocuparnos del asunto. Algunas personas proclaman enfáticamente que quieren morir estando dormidas. Es un buen deseo, pero serán muy pocas las que tendrán la suerte de morir así y, sin embargo, muchas personas, al decir eso, dan por terminada la reflexión y discusión sobre el tema, como si el hecho de desear algo fuera suficiente para que suceda. Una confusión que, por otra parte, es muy común encontrar en la atención médica al final de la vida. Cuántos tratamientos, más que responder a un juicio clínico que los justifique, responden únicamente al deseo de pacientes, familiares y quizá de los mismos médicos, de que el medicamento o la intervención funcione, aun en contra de toda evidencia científica, misma que deberían conocer los médicos y explicar a los pacientes y sus familiares. Lo lamentable de tal confusión (o de tal forma de pensamiento mágico) que equipara deseos y hechos, es que el invaluable y escaso tiempo de vida que le queda al enfermo se ocupe en recibir tratamientos que no le sirven, que le añaden sufrimiento y que lo obligan a vivir de una determinada manera que posiblemente no hubiera elegido de haber asumido su verdadera situación. Pensémoslo: si fuera un hecho inevitable que no hay cura para nuestra enfermedad y que nuestra vida se va a acabar en un tiempo corto, por muy doloroso que fuera, ¿no querríamos sacar el mayor provecho de ese tiempo?

Ciertamente no basta desear tener una buena muerte o desear morir dormido para que esto suceda. Tenemos que hacer algo más y por eso es importante hablar de la eutanasia,[1]la cual es una acción médica porque se da en el contexto de la atención médica cuando ya han llegado a su límite otros intentos de aliviar el sufrimiento del paciente a través de la suspensión de tratamientos que ya no lo benefician y de la aplicación de las diferentes intervenciones de los cuidados paliativos dirigidas a mejorar la calidad de vida del enfermo. Es una acción médica también porque la eutanasia es una ayuda proporcionada por un doctor que utiliza conocimientos y medios médicos para causar una muerte sin dolor. Al menos en los países en que se permite ayudar a un paciente a morir, se ha establecido (a excepción de Suiza) que sean médicos quienes lo hagan (si bien en Canadá también los enfermeros especializados pueden hacerlo). Ahora bien, lo que fundamentalmente define a la eutanasia es que se trata de una acción decidida por el paciente que quiere morir y determinada cuando éste ha llegado a la conclusión de que eso es lo mejor que le puede ocurrir en la situación en que se encuentra. Es pues, una muerte voluntaria que requiere la ayuda de un tercero, el médico, quien tendrá que decidir si en el caso específico de su paciente considera que se justifica realizar una acción que consiste en causar su muerte.

No es el propósito de este artículo analizar el suicidio, pero hay que decir que este acto tiene un aspecto en común con la eutanasia cuando ha habido una elección racional por parte de la persona que decide poner fin a su vida, puesto que también en este caso se trata de una muerte voluntaria. Pero se distingue de la eutanasia cuando el suicidio no responde a una deliberación previa, sino a una enfermedad mental o a una condición, pasajera o no, que lleva al individuo a actuar de manera impulsiva y violenta contra sí mismo (como sucede en la mayoría de los casos). Por esta razón, aunado al dolor que siempre causa la muerte de un ser querido, estos suicidios pueden resultar muy traumáticos para los sobrevivientes cercanos. Hay finalmente suicidios en los países en que la eutanasia no es una opción legal que son motivados por enfermedades o condiciones muy limitantes y realizados de muy diversas formas, violentas o no, que se precipitan ante el temor de perder la capacidad de hacerlo después.

Es importante comprender que la eutanasia representa la posibilidad de que una persona haga uso de su libertad hasta el final de su vida, justo cuando parecería que no le queda prácticamente nada que elegir por la condición en que se encuentra. Éste es un aspecto central que invita a revisar el acuerdo actual que existe en nuestro país y que priva a las personas de esta última posibilidad de elegir y recibir ayuda cuando su situación los lleva a decir que ya no quieren vivir así y desean, en cambio, decidir el momento y la forma de morir para mantener hasta el final el control sobre su vida.

Analizar los diferentes argumentos en los que se ha basado la negativa para cambiar esta situación en diferentes países, sería por sí solo tema de un artículo aparte, por lo que me limito a hacer algunos comentarios. No cabe duda que algunos de estos argumentos son dignos de tomarse en cuenta. Por ejemplo, los que advierten del riesgo de que al permitirse la eutanasia, puede haber personas que pidan ayuda para morir, no porque así lo quieran, sino porque se sienten presionadas a hacerlo. Esto evidentemente tendría que evitarse, pero el riesgo de que esto suceda tampoco justifica que se impida a las personas que claramente saben que quieren morir, recibir esa ayuda. Ahora bien, los elementos que han tenido mayor peso para obstaculizar que se permita la eutanasia han sido las creencias religiosas de grupos que intervienen en las políticas públicas. Lo más probable es que en sociedades democráticas, laicas y plurales, las declaraciones y acciones en contra de la eutanasia no manifiesten abiertamente su carácter religioso y se recurra a argumentaciones o argucias legales que lo encubren.

Así han explicado diferentes voces que defienden el derecho de las personas a decidir sobre el final de su vida lo que sucedió en mayo pasado en Estados Unidos, en el estado de California, en que se revocó la ley (California End of Life Option Act) que desde junio de 2016 venía permitiendo a los ciudadanos con una enfermedad terminal recibir una prescripción letal de medicamentos de su médico. El argumento que se utilizó para invalidar la ley fue que se había actuado de manera ilegal al aprobarla, pues esto se había hecho en una sesión dedicada a asuntos de salud. Respondiendo a la petición de emergencia que realizó la asociación Compassion & Choices para proteger a personas muy enfermos que ya esperaban recibir la ayuda de sus médicos para controlar el final de su vida, el Tribunal de Apelaciones ha determinado que por el momento los ciudadanos elegibles pueden beneficiarse nuevamente de la ley. Sus defensores saben que quienes se oponen a ella seguirán tratando de imponer sus opiniones religiosas sobre todos los californianos, ignorando el derecho de estos de tomar sus propias decisiones al final de su vida.

Resulta pues que algunas personas, basándose en sus creencias religiosas, se sienten con el derecho de impedir que otras personas, que no compartes sus valores y creencias, actúen de acuerdo a sus propios convicciones. Yo soy de las personas que sí quieren contar con la opción de la eutanasia por si acaso llego a necesitarla. Prefiero que esto no suceda porque significará que, aun padeciendo una enfermedad que va a causar mi muerte, me las estaré arreglando para seguir disfrutando de alguna forma la vida que me quede. Pero en caso de que llegue a necesitarla, dejando por el momento de lado el asunto de si es legal o no, ¿cómo podría alguien venir a decirme que no puedo recurrir a la eutanasia porque, de acuerdo a sus valores y creencias, es una acción reprobable?

Contrario a lo que se ha afirmado para argumentar contra la eutanasia, en los lugares en que se permite, la atención al final de la vida ha mejorado porque se han favorecido las conversaciones entre médicos y pacientes sobre las diferentes opciones que existen para ayudar al enfermo y a su familia a transitar mejor por la última etapa de la vida. No se trata de defender la eutanasia como si fuera la única manera de solucionar los problemas que enfrentan las personas cuando se acercan al final. Todo lo contrario. Hay que ver el panorama completo. La atención al final de la vida empieza mucho antes de que uno se encuentre en esta etapa porque en realidad no podemos saber cuándo vamos a estar ahí. La preparación para el final de la vida empieza aceptando que vamos a morir y que, si bien sobre ese hecho no hay mucho que elegir, sí lo hay sobre la vida que queremos llevar y sobre la forma en que queremos que termine. Si hemos pensado en eso a lo largo de nuestra vida y hemos compartido con otras personas cercanas y con nuestro médico lo que queremos y no queremos cuando estemos muy enfermos, es más probable que cuando sea necesario tomemos las mejores decisiones. Incluso si ya no podemos comunicar lo que queremos, los que tengan que hacerlo en nuestro nombre podrán defender nuestra voluntad, la cual, en el mejor de los casos, estará expresada en un documento de voluntad anticipada. En los países en que se permite la eutanasia, son una minoría las personas que mueren a causa de ella (varía entre un .2% y 6% en los diferentes lugares), pero para las personas que forman parte de esos porcentajes poder contar con esa opción les permitió elegir el mejor final de vida.

Imagínese usted que al comprar el boleto para ver la película que ha elegido, le dicen que no cuenta con salidas de emergencia. Por esta razón, el precio de los boletos es menor y le explican además que es muy poco probable (o sería muy mala suerte) que justo ese día y a esa hora vaya a suceder un imprevisto (un incendio o un temblor) que hiciera necesaria tal salida.

Pues no es muy diferente lo que pasa con la eutanasia. Hay sociedades en que las personas pueden contar con la salida de emergencia que representa la eutanasia. Hay otras en que esa salida de emergencia está prohibida, sea con la excusa de que es muy poco probable que llegue a necesitarse, sea en respuesta a la presión de grupos que se sienten con la autoridad de imponer a otros sus creencias personales, sea porque en realidad no se exige este derecho.

En México tenemos un poco de estas tres explicaciones que acompañan la prohibición de la eutanasia, pero es tiempo de preguntarnos cómo queremos que sea la sociedad de la que formamos parte. Que la eutanasia sea una opción legal no nos obliga a utilizarla, de la misma manera que no usamos las salidas de emergencia a menos que sea necesario. Se trata de ver el cine con tranquilidad y de vivir la vida con la confianza de que siempre podremos elegir algo mejor.

[1] En este artículo, con fines de dar mayor fluidez al texto hablo de eutanasia, si bien las reflexiones sobre esta acción aplican igualmente al suicidio médicamente asistido. Una y otro son formas de terminación de vida que decide un paciente; en la eutanasia con la ayuda de un médico que causa su muerte y en el suicidio médicamente asistido con la ayuda de un médico que le proporciona los medios para que el paciente ponga fin a su vida.

Fuente:

Por un mejor final,Asunción Álvarez, viernes 22 de junio de 2018