1. Inicio
  2. /
  3. Muerte digna
  4. /
  5. Suicidio médicamente asistido

Suicidio médicamente asistido

Es la ayuda médica para la realización de un suicidio, ante la solicitud de un enfermo terminal, proporcionándole los fármacos necesarios para que él mismo se los administre.

En Colombia esta opción se encuentra penalizada, el Código Penal en su Artículo 107 señala lo siguiente: “El que eficazmente induzca a otro al suicidio, o le preste una ayuda efectiva para su realización, incurrirá en prisión de treinta y dos (32) a ciento ocho (108) meses.
Cuando la inducción o ayuda esté dirigida a poner fin a intensos sufrimientos provenientes de lesión corporal o enfermedad grave e incurable, se incurrirá en prisión de dieciséis (16) a  treinta y seis (36) meses.”

Artículo

Suicidio médicamente asistido de Diana

Uno de los casos más conocidos e ilustrativos en el tema del suicidio médicamente asistido es el de Diana, paciente por ocho años del médico Timothy E. Quill.

Con su presentación en 1993 se inicia el libro Death and Dignity . Making Choices and Taking Charge, uno de los más profundos análisis de la práctica médica frente al sufrimiento del paciente enfermo.

Haberse atrevido a publicar en el New England Journal of Medicine, en 1991, el sonado caso de Diana representó en su momento una valerosa osadía médica que combinaba la evolución clínica de la paciente con la repercusión que en el ámbito humano tuvo tanto para ella como para él mismo el haber enfrentado las decisiones individualizadas que precedieron a su muerte por suicidio médicamente asistido. Presentamos los apartes más relevantes del caso a continuación.

Diana asiste a cita médica con el doctor Quill porque estaba muy cansada y tenía un brote en la piel. A pesar de lo común de las quejas, algo hace sospechar al médico que puede tratarse de algo grave. Los exámenes de laboratorio confirman sus temores, el médico la llama al estudiarlos y, a petición de Diana, se ve forzado a emplear la palabra leucemia.

Diana no era para él una paciente cualquiera. La conocía y la trataba hace años y existía un clima de respeto y consideración hacia ella. Había sido alcohólica y depresiva y con su lucha personal había logrado superar ambos problemas y establecer una mejor conexión afectiva con su esposo. Atravesaba por el mejor momento de su vida.

Al repetir los exámenes de laboratorio se confirman las sospechas de lo peor: leucemia aguda mielomonocítica. Diana recibió las noticias petrificada, con rabia y tristeza. Frente a la tragedia, el doctor Quill buscó signos de esperanza: en ésta área médica, la intervención tecnológica ha sido exitosa en el 75% de los casos y el 25% de pacientes han presentado una pobre respuesta. Investigó acerca de la quimioterapia posible, el trasplante de médula ósea y toda otra alternativa de tratamiento y en forma detallada se las explicó a Diana. Ella manifestó quererse ir a casa y estar sola para poder pensar.

Volvieron a encontrarse y Diana le manifestó convencida y segura que optaba por no recibir ningún tratamiento. Los dos lamentaron la tragedia y la injusticia de la vida. Siguieron viéndose cada dos días. Asistió a una cita con su marido y su hijo en la cual ella les explicó a los tres que, teniendo toda la información disponible, era claro para ella que moriría durante el proceso de tratamiento y que sufriría espantosamente en el proceso por las hospitalizaciones, la falta de control sobre su cuerpo, los efectos secundarios de la quimioterapia, el dolor y la angustia. A pesar de que el doctor Quill le ofreció todos su esfuerzos y su compromiso para minimizar su sufrimiento, y de que la familia le insistió en reconsiderar su decisión de no-tratamiento, ella les recordó a todos que no eran ellos sino ella quien viviría ese infierno y que una opción del 25% era muy pobre a cambio de terapias tan tóxicas, de tanto costo emocional y de la imposibilidad de encontrar un donante compatible para el trasplante de médula ósea.

Con dificultad el doctor Quill pudo comprender la decisión desde la perspectiva de Diana pero buscaron entonces un servicio de cuidados paliativos. Para Diana era extraordinariamente importante mantener el control y le hizo saber al doctor que optaría por los cuidados paliativos hasta que su vida y su tolerancia al sufrimiento tuvieran sentido para ella. Y no más allá. Que en ese punto, ella querría quitarse la vida en la forma menos dolorosa y traumática posible. Ella discutió esta opción con su familia en forma tan segura y convincente que todos sintieron que debían respetarla.

El doctor Quill vivió semanas enteras de dilemas internos y de debates éticos pero, aunque con reservas, en el fondo suyo también sentía un profundo respeto por la opción que Diana había escogido.

Pasó el tiempo. Diana solicitaba periódicamente su fórmula médica para los barbitúricos que le ayudaban a dormir. El doctor exploró si tras esa apariencia se escondía otra intención y le manifestó que para él era importante saber cómo manejaba ella la droga y advertirle los peligros de un mal uso. Era claro para él que Diana sí tenía problemas para dormir pero también que para ella la seguridad de tener suficientes barbitúricos para poderse suicidar en el momento en que estuviera segura de querer dejar la vida era fundamental. Se aseguró tanto de que ella sabía emplearlos para dormir como también de que conocía la dosis necesaria para cometer suicidio. Acordaron seguirse viendo regularmente y ella le prometió anunciarle su decisión previamente. El doctor Quill se dedicó a explorar en los campos espiritual, legal, profesional y personal y concluyó que su actitud estaba permitiéndole a Diana la libertad que necesitaba para poder vivir el tiempo que le quedaba en la mejor forma, manteniendo la dignidad y el control en los términos en que ella lo necesitaba hasta la muerte.

Pasaron meses intensos e importantes para Diana. Su hijo y su esposo se dedicaron a cuidarla en casa y sus mejores amigos la rodearon con su presencia y su amor. También tenía períodos de intensa tristeza y rabia. En una ocasión el doctor Quill le solicitó que lo acompañara  a su hospital, el Genesee Hospital de Rochester, Nueva York, y entre los dos dictaron una impresionante conferencia sobre la importancia de la decisión informada, el derecho a rehusar tratamientos y los efectos personales tan extraordinarios de este tipo de decisiones y de la intervención con el sistema médico.

Poco a poco se fue debilitando más y surgió el dilema entre mayor malestar y dolor, dependencia o sedación. Llamó a sus amigos, se despidió, lo habló con el doctor manifestándole estar totalmente convencida de que había llegado el momento de irse y que no deseaba involucrarlo porque lo quería y le tenía una profunda gratitud. Le reaseguró que ella podía hacerlo sola.

Dos días después el esposo le informó al doctor Quill que Diana había muerto tranquilamente, de acuerdo con sus deseos y con su decisión.

En sus escritos y en sus conferencias, la historia de Diana siempre estará presente para el doctor Quill con muchas enseñanzas, entre las cuales destacó que:

-El sufrimiento puede disminuirse hasta un cierto punto, pero de ninguna manera eliminarse o hacerse benigno, gracias a la intervención cuidadosa de un médico eficiente, comprometido y humano.

-Ella me enseñó acerca de la vida, de la muerte, de la honestidad, de tomar las riendas de uno mismo en los momentos difíciles y de poder enfrentar la tragedia con valor cuando aparece… Ella me enseñó que yo puedo tomar riesgos pequeños por las personas a quienes conozco, quienes me importan y a quienes quiero.

Me pregunto cuántas familias y cuántos médicos secretamente han ayudado a pacientes a cruzar el límite de la muerte en una vida con intenso sufrimiento. Me pregunto cuántas personas gravemente enfermas o moribundas secretamente se quitan la vida, desesperadas y solas. Me pregunto si la imagen de la soledad final de Diana persistirá en las mentes de su familia o si  prevalecerá la imagen del tiempo previo amorosamente compartido con ella, de su valor y su seguridad.

El caso de Ramón Sampedro

El caso de Ramón Sampedro nos conmovió a todos. Tanto a tra­vés de las noticias de prensa, cuando estaba viviendo su lucha por poder morir, como en sus Cartas desde el infierno (Planeta, 2005), como en la película Mar adentro, en la que Alejandro Amenábar rinde homenaje a ese personaje que desde una cama en Espafia sensibilizó al mundo occidental acerca del tormento de una vida no deseada y de la prohibición de la muerte anhelada.

Su historia es la de un hombre nacido en 1943 en La Corufia, que a los 22 afios se embarca en un buque noruego como mecá­nico. El 23 de agosto de 1968 se arroja de una roca al mar para nadar, golpeándose la cabeza contra la arena pues la marea había bajado, lo cual le produce la fractura de la séptima vértebra cer­vical. Durante 30 afios vive tetrapléjico (sin ningún movimiento del cuello para abajo), en una cama, solicitando a los tribunales de España la libertad a través de la muerte, sin que su demanda logre prosperar.

Finalmente en 1998, en secreto, las manos de sus amigos que lo amaban, una por una van facilitando el escenario para un suici­dio asistido: uno lo hospeda en un hotel, otro consigue la poción letal, otro la sirve, otro le sostiene la cabeza para poderla tomar y otro el vaso lleno y todos lo acompañan a morir en un silencio amoroso y triunfal.

Sus cartas al entonces ministro de Justicia hablan solas:

Un día acudí ante vosotros a reclamar libertad. A reclamar el derecho de reinar dentro de mí mismo. Para ser mi propio pastor, mi juez y mi médico. Me respondisteis con códigos para que mirase a través de vuestros ojos, para que pensase y sintiese con vuestros sentidos. Dices que lo hacéis por el bien de la vida como un valor superior. Yo también lo hago por el bien de la vida, pero ante todo por la dignidad y la libertad del hombre[ … ] te aconsejo, ministro, juez y jurista, que seas honesto contigo mismo. Si actúas por temor, no eres ético.

Si te partes el cuello algún día, yo te cuento, por si te interesa, mi­nistro, cómo es el infierno. Como a mí, te dirán que lo cuentes, pero querrán que destaques lo bueno. Querrán que colabores con ellos y les sirvas de ejemplo viviente de que al ser humano le es posible so­portar cualquier tipo de tortura y humillación siempre que alguien sepa convencerlo. Te harán ver que tú eres un ser único y admirable porque has conseguido, con la sabia colaboración y generosa ayuda de los salvadores de vidas, sobrevivir con tu espíritu de luchador ejemplar. Tú serás la prueba, la confirmación empírica de todos sus conceptos. Ellos te harán sentir que todo el mérito es tuyo. Al final el triunfo represa de tu propia ley será total. Tú, por no reconocer tus propios errores, dirás que estás contento.

De su carta de despedida a amigos y familiares es extraído el siguiente fragmento:

Espero que cuando me recordéis en alguna conversación de fami­lia y os preguntéis los motivos o el porqué, nunca se os ocurra dudar de que -a lo mejor- fue porque no me sentí bien tratado. ¡No es eso! No se le puede dar más apoyo, más respeto, amor, cariño y calor humano solidario a nadie. Es decir, no se puede hacer nada más de lo que todos vosotros hicisteis por mí. Pero lo que no podemos dar a nadie, por mucho que queramos, es la esperanza[ … ] La vida tiene que tener un sentido y tiene sentido mientras esperamos algo.

[ … ] Nadie quiere morir, pero si nos encontramos en un cruce de caminos y ya conocemos lo horrible que es uno de ellos, lo más ló­gico será seguir por el otro, porque aunque no lo sabemos, tenemos la esperanza de que pueda ser mejor.

[ … ] Perdón por marcharme sin despedirme. A veces demostra­ríamos más amor por una persona si le ofreciéramos ayuda para morir antes que para vivir. Os quise lo mejor que supe y pude.

Todos me quisisteis del mismo modo. Sólo puedo pagaros con la mayor muestra de gratitud: muriéndome y vosotros respetando mi voluntad.

 

Tomado de: (2006). Morir bien. Isa Fonnegra de Jaramillo (editora). Editorial Planeta

One last drink

 

San Diegans who end their lives

By Ian Anderson

On the afternoon of October 23rd, in the presence of his family, trailblazing San Diego surfer Bill Andrews ingested medication  prescribed to end his life. Within a few minutes the 73-year-old had fallen asleep, and over the next quarter hour his breathing slowed, gradually, until it stopped altogether.

Andrews is often credited as the first to surf the celebrated waves of La Jolla?s Black?s Beach, and a photograph of him doing so appeared on a 1965 cover of Surfer magazine. By all accounts, Bill Andrews enjoyed a vigorous life as an action sports enthusiast, entrepreneur, engineer, photographer, father, and grandfather.

However, in 2016 he was diagnosed with amyotrophic lateral sclerosis, more commonly known as ALS, or Lou Gehrig?s disease. The neurodegenerative disorder destroys nerve cells.

Those afflicted with the disease become progressively paralyzed to the point they can no longer walk, move their fingers, speak, swallow, or, eventually, breathe. While the disease advances at different rates for different people, there is no cure. Despite outlier cases such as Stephen Hawking ? who recently passed at 76, after 55 years enduring a variant of ALS ? it?s roundly considered a terminal diagnosis, with as little as two year life expectancy.

For Andrews, the symptoms progressed rapidly, his loss of motor function compounded by acute pain due to a lifetime of broken bones and other sporting injuries. Facing paralysis and suffering in the imminent future, Andrews chose instead to schedule the end of his own life, with the assistance of a physician.

After decades of controversy and public debate, the legal ability to do so has been available in California since mid-2016. Advocates have used several names to describe it: physician assisted suicide, medical aid in dying, death with dignity, the right to die.

Whatever the terms used, the California Department of Public Health reports 191 people acquired prescriptions to end their lives in the last seven months of 2016. At least 111 are confirmed to have taken the medication and perished.

But it?s still a new practice, and most of what we know about how the law is being put into practice is anecdotal. Just like the unsettled vocabulary involved in taking a prescription to take one?s life, the ways it?s being applied, both from a business perspective and a cultural standpoint, are starting to come into focus.

The End of Life Option Act became California law in June 2016 when it was passed by the state legislature and signed by Governor Jerry Brown. It states that a patient diagnosed with a terminal illness may request life ending medication from a licensed medical doctor. But due to the controversial nature of the law, it?s loaded with safeguards against patient abuses.

First of all, the patient must be deemed of sound mind, and not expected to survive a specified illness for more than six months. The patient must first make an oral request for life-ending care to his or her attending physician ? alone; that is, without any loved ones or caregivers present to exert influence or duress. The physician must make the patient aware of all alternative treatment options, including hospice care. After a mandatory 15-day waiting period, a second oral request must be made under the same conditions, followed by a written request, signed in the presence of two witnesses.

The patient must also consult with a second physician to confirm the terminal diagnosis, and independently corroborate the patients mental state. Due to the soundness-of-mind requirement, Alzheimer´s patients or anyone affected by dementia are disqualified.

Once the medication is secured, a patient must ingest it him- or herself. The preferred prescription, used by Bill Andrews, is for a controlled overdose of the barbiturate seconal, a powerful sleeping agent. One hundred capsules are prepared into a liquid solution for the patient to drink.

A doctor cannot pour it down a patient?s throat, nor a family member. In some cases, the end of life option may boil down to whether a person can suck the medication down a straw and swallow it. At any time, even at the last moment, a patient may simply decide not to take the medication, choose to take it later, or simply keep the medication on hand while allowing a disease to take its course.

A few days prior to taking his fatal last drink, Bill Andrews frankly discussed his illness, and his decision to die on a podcast recorded by his doctor. ?Just a year and a half ago I was in Peru surfing,? he said from inside his room at a San Marcos assisted living facility. By contrast, he characterized his present-day life as ?horrible? and sedentary. ?I get fed. I wear diapers. I?m kind of confined to my bed.?

With the support of his family, he planned how his death would go. ?The thing that?s the most incredible thing to me,? Andrews said, ?is being able to choose when you?re going to die? I?m choosing the time. I?m choosing the place. I?m choosing the environment. I?m choosing the company. And for me?? he added, ?I can?t think of anything better.?

The avid surfer, motorcycle racer, and adventure traveler would find a gentle, painless end, surrounded by people he loved, having said his last goodbyes and tied up all his loose ends. ?I?ve kind of been a pioneer in a lot of things,? he told his doctor on the podcast, explaining why he decided go public with his story. ?I think this can do a lot of good.?

The doctor assisting Bill Andrews with his death was Bob Uslander, known to his patients as Dr. Bob.

Uslander established his practice, Integrated MD Care, in early 2016. Its primary purpose ? then and now ? is to provide in-home palliative care. Hospice. ?The vast majority of what we do is take care of people in their homes,? he says. Some of his patients aren?t dying, rather they?re enduring prolonged recoveries from serious illness or injury. ?A lot of our patients are older, they have dementia. Or they?re just frail, and they need someone to be there to take care of them.?