Eutanasia

Acto médico, sinónimo de homicidio por piedad, con el cual se busca terminar la vida de una persona, que de manera consciente, así lo ha solicitado ante el sufrimiento que padece y la imposibilidad de un tratamiento curativo, pues la enfermedad es irreversible.

Normatividad

Sentencia C-239 de 1997

Sentencia T-970 de 2014

Resolución 1216 de 2015

Artículos

Nacionales

Doctor, ¡déjeme morir!

Padre Alfonso Llano Escobar Doctor, déjeme morir

“La muerte es parte de la vida”: defensores de la eutanasia

Conservadores contra muerte digna

A título personal

Por: María Elvira Samper

De nuevo está sobre el tapete el tema de la eutanasia, más concretamente el del suicidio asistido, por cuenta de Mar adentro, la película del español Alejandro Amenábar, basada en un caso real. Una cinta hecha desde una perspectiva ética secular, filosófica y racional que incluso la ley entiende –nadie es detenido por intento de suicidio-, y que desde el comienzo toma partido por el derecho del protagonista tetrapléjico, Ramón Sampedro, a decidir su muerte.

Se trata de la defensa que hace una persona incapacitada, que depende de otros para realizar hasta sus funciones más íntimas, del derecho a poner fin a su vida porque se le ha hecho intolerable. La enfermedad terminal, el dolor intratable no son las principales razones para no querer vivir. Es algo más fundamental: la pérdida de la independencia, de las capacidades, de la dignidad…

Respeto los argumentos de quienes creen que Dios es el único dueño de la vida, que solo Él puede quitarla y que el suicidio es, como dice Juan Pablo II en la encíclica Evangelium Vital, “un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte”. Sin embargo, no me parece que los argumentos de la Iglesia Católica sean universales, ni justificación suficiente para decidir política y públicamente sobre todos aquellos que, con todo y sus creencias o su falta de ellas, aceptan la eutanasia como una opción moral en casos críticos y excepcionales.

En Colombia, la Corte Constitucional, con ponencia del magistrado Carlos Gaviria, despenalizó en 1997 la eutanasia en pacientes terminales que lo soliciten en forma expresa, y hoy existe consenso, aÚn dentro de la iglesia, en que si la medicina no puede hacer más y la lucha contra la enfermedad es infructuosa e inútil, es legal y ético dejar que la naturaleza siga su curso, haciendo énfasis en el tratamiento paliativo.

¿Qué diferencia hay entre dejar que la vida se extinga como una llama o soplar para que se apague?

Entiendo que un tercero no pueda pedir la muerte de alguien en estado de coma, pero ¿Por qué si una persona, en uso de sus facultades, pide morir porque no resiste más –por incapacidad, dolor, pérdida total de la calidad de vida-, no puede acudir a un médico para que le dé el empujoncito final? Si vivir se convierte en sinónimo de sufrimiento, ¿cuál es la diferencia entre dejar que la vida se extinga lentamente como una llama o soplar para que la llama se apague más pronto?

Creo que las personas son autónomas, dueñas y responsables de sus actos, capaces de gestionar no sólo su vida sino aún, llegado el caso, su propia muerte. Que, además, les debería asistir el derecho de que alguien idóneo les ayude a bien morir cuando ya no haya más salidas. Es cierto que la autonomía tiene sus límites en la autonomía de los demás, pero no entiendo por qué si hay acuerdo paciente-familiares-médico, no es posible acelerar la partida.

Sobre el tema hay muchas reservas y múltiples interrogantes. Legalizar el suicidio asistido podría inducir a personas con intereses oscuros a presionar a un familiar enfermo para que pida su muerte; los que sufren depresión clínica severa –que puede ser controlada- querrán morir sin más, y muchos temen por la posibilidad de que médicos inescrupulosos puedan expedir partidas de defunción antes de tiempo.

Todos son argumentos válidos que apuntan a la necesidad de establecer las normas éticas y jurídicas necesarias para evitar abusos; controles estrictos para confirmar el grado de consciencia del paciente – que no esté bajo influencia de otros-; protocolos para verificar el diagnóstico, comisiones éticas hospitalarias. Si está permitido ayudar a bien morir con tratamientos paliativos, ¿por qué no permitirlo  con una inyección piadosa? Cada caso es único. No se trata de hacerlo obligatorio, se trata de ampliar el margen de discusión.

Tomado de la Revista Cambio

La ciudad y el mundo

Por: Mario Mendoza

Cuando hemos estado a los pies de la cama de una persona amada que agoniza de mala manera, que sufre con los dolores en la espalda, en las piernas y en la cadera por la enfermedad tan prolongada, con los espasmos, los ahogos, la irritación de la piel, el mareo y la debilidad permanente, las ganas de comer y no poder hacerlo, y vemos ese deterioro progresivo que lo va convirtiendo en otro ser, en otra persona distinta de la que conocíamos, nos preguntamos entonces por qué la medicina  no contempla para ciertos casos especiales la posibilidad de una muerte rápida y sin dolores atroces. En casos así, extremos, terminales, donde el paciente no tiene retorno y donde se sabe que sus últimos días serán un infierno de desesperación y sufrimiento, debería permitirse una muerte asistida.

Muchas veces me he preguntado por qué somos más caritativos y bondadosos con los animales que con las personas. Cuando un caballo tiene una lesión grave y definitiva en una finca, se sacrifica para evitarle una agonía atroz. Cuando un perro está en una situación desesperada y sabemos que va a morir en medio de dolores y ataques infernales, no lo dejamos sufrir inútilmente, lo llevamos a una veterinaria y le ponemos una inyección en un último gesto de cariño. Creo que a nadie se le ocurriría pensar que amar a su animal significa dejarlo chillando de dolor en un rincón de la casa. No. Sabemos que el verdadero afecto es aquel que no deja sufrir a quienes amamos.

Entonces, si entendemos esto con facilidad en el caso de un potro, un perro, o un gato, ¿por qué cuando se trata de personas empieza a funcionar toda una maquinaria de falso humanismo y moralidad mal entendida? Conozco de memoria los argumentos de médicos y sacerdotes: que la vida la da Dios y sólo Él puede suprimirla, que es sagrada, que no se estudia medicina para matar sino para salvar, y afirmaciones por el estilo.

Pero lo que no parecen entender estas personas es que estar botado en una cama durante meses, atravesado por dolores en todo el cuerpo, lleno de llagas, con la piel pegada a los huesos, sin poder comer, sin hablar, sin poder salir a ver la luz del sol, sin disfrutar, sin poder reír, sin poder volver a hacer el amor nunca más, invadiendo la habitación con olores agrios y desagradables, contemplando todos los días las mismas paredes, levantándose a las horas de la madrugada con la respiración entrecortada y la cabeza a punto de estallar, conectada al oxígeno y con agujas metidas todo el tiempo en las venas de los brazos y del cuello, estar así, digo, ya no es vida.

Lo que defienden los médicos y los sacerdotes no es la vida, sino un estado miserable en el que los mejores dones y las mayores alegrías ya no se pueden disfrutar. Lo que defienden estos aparentes moralistas es el sufrimiento, la pena, la mortificación, el martirio y la tortura.

Por eso entiendo perfectamente que un vitalista como Hemingway, al final de sus días enfermo y aniquilado por tratamientos psiquiátricos inhumanos, haya sacado su escopeta de cazar elefantes y se haya volado la cabeza en Idazo en 1961. Por eso entiendo que un vitalista como el filósofo Pilles Deleuze se haya arrancado los tubos y las jeringas que lo tenían postrado en una cama y se haya lanzado por la ventana de su apartamento en París. Porque un vitalista defiende la vida a toda costa, la Vida con mayúscula, no un estado denigrante y abyecto de una existencia cualquiera.

Si algún día llego a estar en una situación semejante, espero que ésta, mi ciudad, me brinde un rincón donde alguien que de verdad me haya amado con hondura, me permita partir dignamente.

Tomado de EL TIEMPO, Enero 24 de 2004

 

 

 

 

Derecho a una muerte digna

Por Ramiro Andrade Terán

El ser humano es libre de vivir conforme a su voluntad mientras no viole normas básicas de convivencia social. Pero, ¿tiene derecho a disponer su muerte en casos sin remedio que lo condenen a una “vida” enteramente artificial? El tema provoca aguda polémica. Partidarios y enemigos esgrimen argumentos respetables. En Holanda, el asunto se debatió por años y finalmente se aprobó por el Parlamento una ley que permite al médico desconectar los tubos al desahuciado. También en Alemania se estudió una disposición similar. En los Estados Unidos, los medios informativos concedieron amplio espacio al debate desatado por un médico que se hizo célebre por reconocer que había aplicado la eutanasia a quince de sus pacientes.

La discusión involucra aspectos religiosos, morales, éticos y humanitarios. Mucha gente opina que sólo Dios puede disponer de la muerte. Un criterio común a los católicos. Pero no a todos. Los hay que defienden el derecho a una muerte digna y hacen parte de organizaciones que se encargan de velar que se cumpla esta voluntad última, expresada por escrito y con el conocimiento de sus familiares más cercanos y de su médico.

El caso de los “vegetales” —como se les denomina en la jerga médica— es típico. Su corazón funciona pero, de hecho, están muertos. La vida es el gozo, el sabor, la sensación, la palabra, el dolor, la alegría; pensar, juzgar, el movimiento y la comunicación. Todo lo que el enfermo desahuciado —inmóvil en su lecho— no volverá a experimentar. ¿Se justifica prolongar esa penosa situación y el dolor de la familia? ¿Qué pasa por la mente de esa persona condenada al silencio?

Debería existir una regulación estricta que autorice al médico —en esos casos— a practicar la eutanasia, ayudar al paciente a morir con dignidad y evitar el calvario de la familia. Nada se gana con prolongar el sufrimiento. Por supuesto, en asunto tan delicado habría que establecer un control rígido y convertir en transparente algo que hoy se hace en forma clandestina. Es mejor que el lúgubre asunto se ventile a cubrirlo con hipocresía y disimulo. Liberar del dolor a una persona en tales condiciones es, además, un acto de caridad y compasión.

Ni siquiera el amor —que logra casi todo— vence a la muerte. El final de la vida no debe convertirse en un tormento prolongado para el enfermo y para la gente que lo ama, cuando se agotó lo que podía hacerse para salvarlo.

El Congreso —que dedica tantas horas a debates inútiles —debería ocuparse de este asunto. Como ha ocurrido en países europeos y asiáticos que han expedido normas para estos casos. Hay una cierta tendencia a prolongar el hecho inevitable de la muerte cuando se ha hecho todo por evitarla. Olvidando la vieja sentencia —dura pero exacta—: “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Tomado de “El País” Cali, Enero 21 de 2004.

 

El buen morir y la eutanasia

Por: Dra. Isa Fonnegra de Jaramillo

La reciente adopción de la eutanasia en Holanda nos obliga a tomar conciencia de la necesidad de que cada cual se adueñe de su muerte y no delegue en los demás las decisiones que conciernen a su final. Por ello, conviene aclarar algunos puntos que con frecuencia confunden.

La eutanasia no es nueva ni es ajena a cultura alguna. El hecho de que el médico que la practique –a solicitud explícita del paciente terminal– puede no ser penalizado por ello, no la convierte en la panacea. Se trata de una opción que no es sugerencia ni obligación. La misma autonomía del ser humano que le da el derecho a solicitarla, le concede el derecho a rechazarla como alternativa en favor de una de las otras opciones.

Es una alternativa para los no creyentes o para los que elijan hacerlo –en su fuero interno-, pues la Iglesia Católica la desaprueba porque considera la vida un don divino, que sólo Dios puede retirar.

OTRAS ALTERNATIVAS

MUERTE DIGNA – Es la muerte que muchos quisieran tener. El paciente es tomado en cuenta durante todo el proceso por médicos y familiares y sus decisiones orientan el proceder médico. Quien muere está al tanto de lo que ocurre y su dolor y sus síntomas son atendidos preferiblemente en la casa y acompañado por sus seres queridos.

CUIDADOS PALIATIVOS – Es un programa interdisciplinario de asistencia integral a las necesidades físicas, emocionales, familiares y espirituales del paciente, dirigido a cuidar y aliviar y no a curar lo incurable.

EUTANASIA PASIVA – Se entiende por ello el retirar o abstenerse de iniciar procedimientos que ya no son justificables. Se mantiene toda la medicación necesaria para aliviar el dolor, los síntomas o el sufrimiento, aún si su aplicación acortase la vida.

EUTANASIA ACTIVA – Es la acción médica, generalmente en forma de inyección letal, que se aplica al paciente terminal para acabar con su vida. El paciente debe haberla solicitado consciente y expresamente y su caso debe ser terminal, irreversible, con dolor y sufrimiento insoportables e intratables.

SUICIDIO MÉDICAMENTE ASISTIDO – En este caso el paciente emplea la sustancia que le ocasionará su muerte, pero su médico se la prescribe o la facilita.

DISTANASIA – La muerte se dilata por la aplicación indiscriminada de la tecnología médica. La meta es la prolongación de la vida sin importar su calidad. El mantenimiento de un paciente terminal en una Unidad de Cuidados Intensivos es un clásico ejemplo de distanasia.

Es importante que usted:

Se forme, es decir, que asista a conferencias, lea en revistas y libros y consulte con expertos en el tema. En otras palabras, aunque le cueste trabajo por no ser un tema fácil, enfréntelo, no lo posponga.

Reflexione acerca de sus preferencias a la hora de morir: informado o no, en casa o en clínica, con familiares cerca o solo, con medicación para el dolor si llegaré a tenerlo o no, aprobando todos los procedimientos disponibles o aceptando tan sólo los que razonablemente le procuren bienestar y alivio, etc.

Converse con su familia sobre estos temas o con quienes posiblemente cuidarán de usted cuando llegue su final. Deje a un lado el miedo y los prejuicios. No es de mal agüero hablar sobre la muerte, compartir sus preferencias oportunamente es muy importante y le ahorrará muchas dudas a sus familiares.

Escriba esos deseos o consiga un documento gratuito: “Esta es mi voluntad” en la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, teléfonos 313 16 07 y 345 40 65, de Bogotá, y llénelo.

Hable con su médico y déjele conocer lo que usted ha pensado.

Tomado de la Revista Carrusel del 10 de mayo de 2002

 

Vidas dignas

Por: Santiago Gamboa

La idea proviene de Mar Adentro, esa película densa y extraordinaria de Alejandro Amenábar , y el enunciado es sumamente sencillo: la vida para ser vivida con dignidad, requiere d unos elementos mínimos por debajo de los cuales es difícil sobrellevarla, y es justo ahí cuando surge la pulsión o el deseo de salir de ella. Cada cual sabrá si en algún momento se ha visto en una encrucijada de este tipo, pero lo seguro es que los niveles de tolerancia frente a lo que es insoportable no son iguales para todos y, por supuesto, varían según la historia individual, el afecto o la indiferencia con que cada uno fue educado, los medios con los que se formó, ciertas cualidades físicas o mentales, el nivel de educación y, mirando hacia los más precario el puro y elemental nivel de alimentación.

Quien salió en la vida con cartas malas puede cambiarlas con el tiempo, pero a veces éstas son tan adversas que la tentación más fuerte es cambiar la mesa de juego, y no es otro el caso de Ramón Sampedro, el desafortunado marino gallego que se tuerce el cuello en el mar y queda paralizado. La eutanasia, en su caso, es un derecho fundamental, pues la ley no puede obligar a alguien a vivir en contra de su más fiera voluntad y, sobre todo, en condiciones que él juzga insoportables, cercanas a la tortura, a la indignidad.

Pero las características del caso de Ramón Sampedro lo hacen ser único, pues tal vez otras personas sí podrían haberlo soportado. Se me ocurren dos ejemplos: quienes tengan esa limitación desde el nacimiento, si es que esto es médicamente posible, o quienes tengan una profunda devoción religiosa, como sugiere el propio filme. Amenábar, con su extraordinaria fábula, nos hace pensar en la otra vida, la que está por fuera de las salas de cine. Las vidas que vemos a nuestro alrededor y que juzgamos insoportables e indignas, y que sin embargo, son vividas con temple, llevadas a término por personas que no tienen otra cosa a cambio, ni siquiera el sueño de otra vida. Y uno se pregunta cómo hacen, de donde sacan la fuerza para seguir. Hace unos meses Antonio Caballero citó en su columna un verso muy bello del poeta Milosz: “Todo aquello era insoportable / pero fue soportado”, refiriéndose al sufrimiento judío en la época del Nazismo. ¿Existe un límite para lo que es soportable, o mejor, un umbral tras el cual cualquier persona, cualquiera sea su historia, dirá NO a la vida? Sería muy difícil establecerlo, pero estoy seguro de que todos tenemos ese límite, que al interior de nuestras conciencias o nuestras vidas hay una frontera, un punto de no retorno a partir del cual lanzarse al vacío o cortarse las venas sería una liberación.

Durante un viaje a la India, Cortázar escribió escandalizado que había visto a un niño de la calle hundir la mano en el vómito de un perro buscando algo sólido para comer. En Colombia hay personas que viven como ratas, debajo de los puentes o en las alcantarillas, desplazados que son vistos como animales, hacinados en carpas insolubles niños y niñas que se drogan y que han sido violados y maltratados, y todos ellos se aferran a la vida y la defienden, buscan alimento en las basuras y prolongan esas existencias áridas, porque incluso en esos niveles tan precarios encuentran momentos de placer y cada tanto son felices. El suicidio, y esto lo saben los psicólogos, no es frecuente en los estratos más miserables. La vida puede parecerle peor a una mujer rica, deseada y alcohólica como Marilyn, y por eso se suprime, y su gesto es tan respetable como el de Ramón Sampedro, pues al fin y al cabo nadie firmó aceptando las condiciones antes de nacer, y lo menos que podemos exigirle a este escuálido mundo es una vida digna, que sea lo que cada cual entiende por esa inquietante palabra.

Tomado de la revista Cambio.

Internacionales

Hospital español accede a la eutanasia de Andrea, la niña para la que los padres pedían una muerte digna

Los diputados belgas dan el visto bueno definitivo a la eutanasia infantil

Mahoux, el impulsor de la eutanasia infantil aprobada en Bélgica

Debate sobre la eutanasia: Asamble de Quebec aprueba ley por el “derecho a morir con dignidad”

En Bélgica, muchos ven la eutanasia como un fin digno al sufrimiento

El 60% de los españoles legalizaría la eutanasia, según un estudio del CIS

Médico con cáncer terminal reclama legalizar la eutanasia

Testimonios

“Os queda mi recuerdo”

Dora y la vida

Dora empezó a arrastrar un poco la pierna izquierda al caminar y a tropezarse cuando subía escaleras, pues no podía levantarla bien. Se quejaba de debilidad. Fue a donde el médico, le hicieron un examen con resonancia magnética y encontraron lesiones en el tejido que recubre y protege el sistema nervioso. Por alguna razón, nos explicó el médico, los anticuerpos del propio organismo empezaron a percibir como invasores esos tejidos, los atacaron y la persona se va incapacitando, pues el flujo eléctrico se ve interrumpido por las lesiones, que no paran de aumentar.

Esclerosis múltiple.

Cuando a Dora le empezaron los primeros síntomas vivíamos en Nueva York. Llevábamos 30 años juntos. Lucas, nuestro hijo, aún no había cumplido 20. El desarrollo de esta enfermedad es largo, lento, implacable.

Y no hay cura. Dora pasó de arrastrar la pierna a necesitar bastón, de necesitar bastón a necesitar caminador, de necesitar caminador a necesitar carrito eléctrico y de allí a necesitar silla de ruedas manual y después eléctrica y otra vez manual, cuando ya no pudo manejar la eléctrica y tenía que esperar a que la empujaran.

Para describir su situación a partir de cierto momento del avance de la enfermedad uno podría decir que se había quedado encerrada en la vida como si la vida fuera un calabozo. Después de un proceso gradual e irreversible de deterioro de muchos años se llegó a un punto en que había que alimentarla, bañarla, vestirla, ayudarle a desocupar los intestinos. Le costaba demasiado masticar y tragar, y se adelgazó muchísimo. Hablaba con enorme dificultad y era casi imposible entenderle. No podía leer ni ver televisión, porque las letras y las imágenes le llegaban borrosas y temblorosas. Oía música gran parte del día y se mantenía observando todo lo que pasaba a su alrededor… y pensando. Se reía siempre de los chistes que le hacían. Lloraba a veces, no demasiado, por su situación, y con frecuencia le hacía la vida imposible a quienes la cuidaban.

Dora, antes de enfermarse, había sido fuerte y cariñosa, una de esas personas de quienes el poeta dice que, como a los caracoles, su caparazón resistente les da mucha capacidad de ternura. Después de enfermarse siguió siendo fuerte, pero dejó de ser cariñosa. Conmigo, en todo caso, dejó de serlo. Conmigo se volvió otra persona, a la vez exigente e indiferente. Se dedicó de lleno a su enfermedad: a pensar en ella el día entero, a ilusionarse con posibles curas, a luchar contra ella. La cuidé, primero en Nueva York y luego en Chía, desde que le dieron el diagnóstico, en 1997, hasta 2009, cuando se fue a vivir a Cali con su mamá y su hermana. Ellas dos, Marta y doña Margoth, la cuidaron durante los años más difíciles de la enfermedad, y en septiembre de 2014, después de tantos años de agonizar lentamente, se murió allá en Cali, de paro cardíaco, luego de una agonía final de minutos, sin sufrimientos.

Dora no se murió de tristeza. Se murió del cansancio de pelear en vano y por mucho tiempo contra una enfermedad incurable. Durante esos años la vieron multitud de médicos, sanadores y brujos que la sometieron a tratamientos tan caros como inútiles e incómodos. Desilusión tras desilusión. Recuerdo ahora a un supuesto médico de Cali que cobró carísimo, algo así como cinco mil dólares, por un tratamiento de acupuntura y homeopatía y garantizó que si no la curaba devolvía el dinero. Él sabía muy bien que no iba a curarla y, sin embargo, le propuso el tratamiento y se quedó con la plata. Yo sabía que la cura para la esclerosis múltiple no iba a aparecer en un consultorio de un barrio de clase media de Cali y no la iba a encontrar un médico homeópata que vivía en un apartamento encima del consultorio, y así lo dije, pero Dora y toda la familia se habían ilusionado y no hubo manera de evitar que cayeran en el atraco. ¿Por qué no podía aparecer la cura en Cali, a ver? ¿Que tenía que ver la clase media con esto? Es que no hay que ser tan negativos. Fueron demasiadas las derrotas. Durante todos esos años no hubo un solo día en que la palabra “eutanasia” no pasara por mi mente, por la mente de muchos de nuestros familiares y tal vez por la de Dora. Poco después de su ida para Cali empecé a investigar esa posibilidad y alguien me habló de un centro en Suiza al que viajaban enfermos terminales de todo el mundo buscando una muerte digna. Averigüe más, y efectivamente, había uno muy conocido, en Zurich, y los había también en Bruselas y en Amsterdam. Pero en lugar de alegrarme, todo aquello de Zurich y Amsterdam y demás me empezó a parecer demasiado… arduo. ¡Tener uno que irse a morir a Europa! ¡A ese continente oscuro! Imaginarme a Dora llegando a El Dorado en su sillita de ruedas, con Marta o conmigo, para agarrar un avión con destino a Zurich me llenaba de tristeza.

Suiza tal vez sea un país bonito, igual que Bélgica y Holanda, pero la idea de irse morir allí resulta abrumadora. Si me ofrecieran escoger entre Zurich y Girardot como lugares para morirme o para renacer, escogería Girardot sin pensarlo mucho, a pesar de que he estado allí y entiendo por qué no ha sido nombrada dos veces la ciudad con más alta calidad de vida del mundo, como lo ha sido Zurich, ni declarada patrimonio de la humanidad, como Bruselas.

Pero hay asuntos sobre los que no tenemos libertad de elección, y esos son los del corazón. En eso gana Girardot. Allá desemboca el río Bogotá en el Magdalena y en medio de aquel horror de contaminación vuelan esplendorosas las garzas más limpias y blancas que he visto en la vida y que son patrimonio de mi humanidad.

Hablé con Marta, y estuvo de acuerdo conmigo en que lo de irse de Colombia había que descartarlo. Pero algo teníamos que hacer, pues Dora seguía deteriorándose y sufriendo. A veces le daban infecciones urinarias y fiebres altas que, al estar ella tan débil, la ponían casi en coma. Entraba en una especie de letargo y después no recordaba nada de lo ocurrido. Y cada vez que eso pasaba yo hacía fuerza para que en uno de esos letargos se fuera sin sufrir más y se liberara de la carga de su enfermedad. Un día una amiga me contó que había firmado unos documentos para que no la fueran a conectar a ningún aparato en caso de que un accidente o enfermedad la dejara hecha un vegetal, y se me ocurrió que tampoco yo quería quedarme nada más que respirando en una cama, con las caderas llagadas, tal vez durante años, y que iba a firmar esos papeles. Una fundación privada, con sede principal en Bogotá, ayudaba con el trámite. Hablé con una persona de la institución, una señora amable, eficiente, compasiva, que empezó a informarme sobre las actividades de la Fundación. Y me llevé una sorpresa.

No había que irse del país para morir dignamente. Si uno es enfermo terminal y está sufriendo de manera insoportable y sin remedio, en Colombia hay quien le puede ayudar. Cuando supe que era posible; que existía una institución que lo hacía perfectamente viable para Dora, sentí alegría en el alma y en el vientre una punzada de miedo. Salí de las oficinas de la Fundación a tomarme un trago por ahí, para calmarlo. Esa misma tarde hablé con Marta, y ella se alegró también, según dijo, pero se puso a llorar.

–Es que esto es muy duro. A la hora de la verdad uno no quiere, ¿cierto? Y ahora, ¿cómo le decimos a ella?

La sicóloga de la sede de Cali de la Fundación habló con Marta primero, después con Dora. Se reunieron Dora y la sicóloga varias veces en privado y nadie sabe cómo se comunicaron ni qué se dijeron, pues ni la sicóloga ni Dora comentaron nunca nada. El hecho es que Dora sabía ya que esa puerta estaba abierta para ella.

Pero es un umbral muy difícil de cruzar. Una cosa es la muerte imaginaria, otra la real, la que viene con palidez y miedo y sudor frío. Empezamos a esperar que Dora dijera algo y nos llevamos otra sorpresa. No solamente nada dijo sino que dejó de repetir que se quería morir, cosa que había venido haciendo desde hacía años cada vez que la enfermedad la agobiaba: de pronto se le llenaban los ojos de lágrimas, hacía el tremendo esfuerzo de hablar, de articular las palabras, y decía que se quería morir.

Dejó de decirlo y le disminuyó la angustia. Es muy distinto estar en un cuarto encerrado con llave que estar en ese mismo cuarto, igual de encerrado, pero con la llave en el bolsillo.

A partir de entonces Dora se tranquilizó mucho y, según me decía Marta, recobró hasta cierto punto la alegría de vivir de antes de la enfermedad.

–Otra vez está disfrutando con las cosas.

Eso hasta donde se lo permitía la esclerosis múltiple, una enfermedad que no da tregua. Cuando se sentía demasiado cansada por no poder moverse ni hacer nada durante los días y las noches interminables, decía otra vez que se quería morir. Pero si se le recordaba que existía aquella puerta y que estaba abierta para ella, cambiaba de tema y decía “Lucas es una berraquera” o “Clarita es muy querida”. Clarita es mi hermana, que siempre fue muy amiga de Dora. Y una vez le dijo a Marta que ella no se iba a hacer ninguna eutanasia. El diálogo fue más o menos así:

Dora: [Sonidos incomprensibles]

Marta: ¿Cómo? ¿Ninguna qué?

Dora: [Murmullo ininteligible]

Marta: ¿No quiere qué?

Dora: [Sonidos incomprensibles].

Marta: ¿No quiere la eutanasia?

Había aprendido a entenderle. A veces le costaba trabajo, pero finalmente lo lograba.

Dora [muy claro]: No.

Marta: Ah, pues entonces no y listo. ¿Acaso es obligatoria?

Dora: [Sonidos incomprensibles].

Marta: ¿Cómo, cómo?

Dora: [Sonidos incomprensibles].

Marta: Ah, eso es así. Lucas es una berraquera. Por algo es mi sobrino.

Dora tomó esa decisión por miedo a la muerte y también por amor a la vida, y se sostuvo en ella hasta que se la llevó el paro cardíaco, cuando menos pensamos, tres años más tarde.

Tanto esperar y el final nos toma siempre por sorpresa.

Después de más de cuatro decenios de estar juntos, a Dora y a mí no nos separó la muerte sino la enfermedad. Cuando la muerte llegó, hacía ya mucho tiempo que la enfermedad nos había separado.

Escribí esto en mi libro de poemas:

Dos de septiembre de 2014

Hoy murió Dora.

Muy lejos de mí.

Acababa de cumplir 66 años.

49 de alegría sin límites.

17 de sufrir.

Ahora que lo transcribo, veo que el poema todavía no está bien. Hay un error de perspectiva, pues se define una vida entera por lo que hubo de sufrimiento entre el momento en que empieza a declinar y la muerte. El énfasis queda en el sufrir, y así no es. En la versión definitiva, los 49 años de alegría sin límites deberán ir a lo último y poner el punto final.

Por: Tomás González

¿La eutanasia es un delito o un pecado?

¿La eutanasia es un delito o un pecado? El médico que ayuda a morir a un paciente terminal es un delincuente que merece una sanción penal o acaso un pecador? La respuesta a estos interrogantes es importante para ayudar a zanjar el intenso debate suscitado por el proyecto de ley que reglamenta la eutanasia activa y pasiva y el suicidio asistido, el cual ya fue aprobado en primer debate en el Senado.

El proyecto busca cumplir, con quince años de retraso, la sentencia 239/97 de la Corte Constitucional, la cual estableció que no habría responsabilidad penal para el médico que ayude a morir a un paciente terminal que lo ha solicitado por su propia voluntad libre y exhortó al Congreso para que “en el tiempo más breve posible, y conforme a los principios constitucionales y a elementales consideraciones de humanidad, regule el tema de la muerte digna.”

La sentencia de la Corte afirmó que el derecho a vivir implica el derecho a morir dignamente y por lo tanto “el Estado no puede oponerse a la decisión del individuo que no desea seguir viviendo y que solicita le ayuden a morir, cuando sufre una enfermedad terminal que le produce dolores insoportables, incompatibles con su idea de dignidad”.

La Iglesia y los parlamentarios conservadores (no solo de partido) rechazan esta concepción y se oponen a la eutanasia porque es un pecado que va contra los principios de su fe cristiana, que les enseña que Dios es el único que puede disponer de la vida.

Muy respetables sus principios y nadie puede obligarlos a que apliquen la eutanasia o la pidan para ellos mismos. Pero por la misma razón ellos deben respetar a quienes no comparten estas creencias –incluidos muchos católicos que tienen otra visión de su fe- y no convertir en delincuente a quien busque una muerte digna, o al médico que le colabora. Esta es la esencia del Estado no confesional, que es tolerante con todas las creencias y no impone ninguna fe.

La confusión entre pecado y delito es muy antigua y ha sido fuente de muchos abusos. Utilizar métodos anticonceptivos puede ser pecado para algunos católicos, pero el Estado no puede prohibirlos. La Iglesia puede pensar que el homosexualismo es un pecado, pero sería absurdo que pretendiera que la sociedad lo convierta en delito (salvo si es un cura pederasta). Para los israelitas ortodoxos es un pecado trabajar el sábado, pero el Estado de Israel no puede legislar que eso sea un delito.

Por el contrario, muchos actos que para algunas religiones no son pecado, si son crímenes que deberían ser castigados y no los son cuando el Estado es confesional . Por ejemplo, matar a una persona es un delito, pero en algunos países islámicos es legítimo matar a quienes cometen pecados graves, y en Irán el gobierno ofrece una recompensa por asesinar a Salman Rushdie.

Para la misma Iglesia católica durante muchos años no fue pecado quemar mujeres acusadas de brujería, o torturar judíos e infieles, y como tenían el poder terrenal, era legal que los inquisidores fueran asesinos. Y para no ir muy lejos, apenas el siglo pasado algunos obispos predicaban que matar liberales no era pecado.

Queda para otra ocasión el debate sobre si el alivio del dolor y la sedación terminal también son pecado, pues para una forma de ver la religión el dolor y el sufrimiento se deben aceptar porque tiene el valor redentor de la cruz de Cristo. Afortunadamente muchos cristianos no comparten ese masoquismo y prefieren cantar la saeta de Machado: “no quiero cantar ni puedo a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar”

Todos tenemos derecho a una muerte digna

Por Matthew Hayes

Durante los últimos años de su vida, mi abuela no quería seguir viviendo. Sufría de una avanzada enfermedad cardíaca e insuficiencia renal. Luego de batallar contra una infección bacteriana adquirida en la cirugía, quedó débil y confundida; una sombra de la mujer que solía ser. No podía cuidar de sí misma. Abandonar la casa se convirtió en algo peligroso. Ser la anfitriona de las cenas de los domingos, una tradición de casi 50 años, se convirtió en demasiado trabajo. Perdió todas las cosas que le hicieron la vida agradable. Y ella ya no quería vivir.

Hablé seguido con ella acerca de su deseo de morir. La vida ya no valía la pena sin autonomía, me dijo. Quería morir feliz y con algo de dignidad. Pero vivíamos en el Estado de Nueva York, donde el suicidio asistido por un médico no es una opción. No podía terminar con su vida por sus propios medios, entonces, en lugar de eso, sufrió.

Un golpe que la paralizó. Una pérdida masiva de sangre después de un angiograma. Diálisis. Hospitalización constante. Maltrato del personal. Mes tras mes se hundía cada vez más en la desesperación.

En la mañana del 21 de mayo de 2011 recibimos una llamada del hospital. El final estaba cerca. Cuando llegamos estaba acostada en la cama del hospital, inconsciente, con la cara apretada de dolor. Estaba rodeada de su familia y amigos, pero no podía decir adiós. La muerte se la llevó lentamente, de manera agonizante, hasta que finalmente dejó escapar su último aliento. Tras casi dos años, su sufrimiento finalmente había acabado.

Esta historia no es única. Es la historia de un sinnúmero de pacientes con enfermedades terminales que quieren acabar con su vida dignamente. ¿Por qué debemos obligar a la gente a soportar tamaño dolor físico y emocional? ¿Hay alguna manera mejor?

En 1997, en el Estado de Oregon se aprobó la Ley de Muerte Digna, que permitió a los pacientes con enfermedades terminales dar fin a sus vidas mediante el uso de medicamentos letales vendidos bajo prescripción médica. Una vez recibidos, los individuos deciden cuándo tomarlos, si lo desean.

Desde entonces, 1.173 pacientes han elegido participar en el programa. De ellos, el 65% ha optado por morir. Hoy, en cuatro Estados de Estados Unidos y en tres países del mundo —Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo— es legal el suicidio asistido. Si bien es un gran comienzo, no es suficiente. Los médicos de todo el mundo deberían poder ofrecer la eutanasia a los pacientes con enfermedades terminales.

Esto no quiere decir que la muerte asistida no debe ser regulada. Las leyes deben ser bien delimitadas y específicas. Los sistemas regulatorios deben estar en su lugar para frustrar la eutanasia involuntaria y evaluar las enfermedades psiquiátricas. Las prácticas y medicaciones deben ser actualizadas de manera rutinaria para reflejar los nuevos avances y conocimientos.

A pesar de estos esfuerzos, debemos recordar que no todo sistema es infalible y que siempre habrá consecuencias indeseadas. Sin embargo, estos riesgos por sí solos no garantizan inacción. Si lo hicieran, no tendríamos Gobiernos, sistemas jurídicos y ningún tipo de seguro médico. No es la existencia del riesgo, sino cómo respondemos ante él, lo que determina nuestros resultados. Al reconocer el riesgo y dejar que este guíe la formulación de nuestras políticas podemos proteger mejor a los pacientes, sus familias y médicos.

El juez de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos William J. Brennan dijo: “Un vil final sumido en la decadencia es aborrecible. Ahora bien, una muerte tranquila y orgullosa, con la integridad corporal intacta, es una cuestión de extrema confianza en sí mismo”.

En un mundo perfecto, el cuidado médico al final de la vida no implicaría sufrimiento. Los individuos vivirían hasta el final de sus días felices y satisfechos. Pero ese no es el mundo en el que vivimos.

Los individuos, como mi abuela, sufren terribles destinos, la angustia de sus familias y de ellos mismos. Si bien debemos luchar para conseguir este nivel de cuidado, a nadie se le debería negar el derecho a una muerte tranquila y orgullosa.

Matthew Hayes es un investigador de políticas en Portland, Oregon, Estados Unidos. Síguelo en Twitter: @mattayes.

Traducido por Guido Burdman.

La muerte de otros

Opinión de Fran Ruiz

El desenlace de la historia de Brittany Maynard ya lo sabemos. Murió el fin de semana pasado, en la cama que compartía con su marido, rodeado de sus seres queridos y escuchando la música que planeó para la ocasión, tal como anunció que haría en un video que de inmediato se hizo viral y causó un fuerte impacto mundial.

La muerte de los otros es algo con lo que vivimos a diario. Cada día somos bombardeados por impactos noticiosos relacionados con la muerte, ya sea leyendo la prensa o una novela, viendo una serie, una película o el noticiero. A veces incluso la rozamos, cuando nos vemos envueltos en un accidente o una situación de peligro; o la sentimos cercana, cuando fallece alguien conocido. Pero, salvo situaciones muy dramáticas —la muerte de un hijo, por ejemplo—, acabamos superando ese sentimiento de congoja y nos consuela saber que seguimos vivos: moriremos, sí, pero no ahora, sino en un futuro por ahora desconocido.

Este no fue el caso de Brittany. En enero, poco después de casarse, supo que no iba a pasar de este año porque un cáncer de cerebro muy agresivo la iba a consumir entre espantosos dolores y convulsiones, hasta finalmente matarla. Brittany no estaba viviendo la muerte de los otros, sino la suya propia. Pero ¿quién está preparado para renunciar a la vida cuando no ha cumplido ni los treinta?

La joven californiana tuvo que atormentarse con esta pregunta sin respuesta; sin embargo, vio una luz al final del túnel de la desesperación y decidió contar al mundo lo que había visto. Esa tenue luz fue la que le proporcionó una organización dedicada a ayudar a morir a enfermos terminales. No sólo eso, Compassion & Choice le enseñó lo obvio, pero que increíblemente sigue siendo un tabú en pleno siglo XXI. Lo obvio es que la muerte forma parte de nosotros mismos y que tenemos derecho —y debemos luchar porque así sea— a llevar tanto una vida digna como una muerte digna.

Brittany amaba la vida, lo reiteró en los dos videos que colgó y en las entrevistas que hizo, pero dejó claro que no estaba dispuesta a luchar por prolongar una vida de agonía y dejar que la enfermedad la carcomiese. Con la decisión de planear su muerte —en el momento que ella quiso, rodeada de quien quiso y de la forma más dulce posible, durmiendo—, Brittany se vengó de su terrible enfermedad y dio el salto a la muerte entrando con toda la dignidad posible.

Sin embargo, para hacer esto tuvo que mudarse de residencia en California e instalarse en Oregón, donde la eutanasia es legal, al igual que en Montana, Nuevo México, Vermont y Washington. Sólo cinco de los 50 estados de EU permiten un derecho que es visto como un crimen en casi todo el mundo.

Los que están en contra de la eutanasia recurren básicamente a dos argumentos: uno ético, basado en el juramento de Hipócrates que hacen quienes ejercen la medicina y que, entre otras cosas, dice esto: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo, ni administraré abortivo a mujer alguna”; y el religioso, que surge del dogma bíblico de que si sólo Dios es el que da la vida, sólo Él la quita.

El primero argumento ya lo vimos. Se basa en la idea equivocada de que la muerte no es parte de la vida y, por tanto, la obligación de los médicos es mantener a toda costa vivos a los enfermos, aunque sólo sea para alargar durante más tiempo su agonía.

En cuanto al argumento religioso, ¿qué calidad moral tienen quienes consideran pecado el suicidio o la muerte asistida, pero acumulan a sus espaldas siglos de asesinatos en nombre de Dios? ¿Qué opinará Francisco de las palabras de Benedicto XVI, cuando durante su papado dijo, sin que le temblara la voz, que podía ser “legítimo” ir a la guerra o aplicar la pena de muerte, pero el aborto y la eutanasia “nunca”?

Si el nuevo Papa considera que la Iglesia debe tener compasión con divorciados, madres solteras y homosexuales, ¿por qué no tenerlo con los enfermos que piden dejar de sufrir? No todos hemos nacido para sufrir hasta el último segundo, como Jesús en la cruz. Brittany tampoco, pero ella sí pudo morir con dignidad porque un parlamento estatal entendió que tenía que legislar con compasión, la última palabra noble que nos queda, la que nos hace más humanos. No podemos seguir encadenados a leyes basadas en dogmas religiosos o ideologías conservadoras de siglos atrás. Tan legítimo debería ser prepararse para morir como anunció en video otro joven con cáncer terminal, en el que relata cómo abandonó su ateísmo y encontró a Dios al final del túnel, como debería serlo, para los que así lo quieran, el final planificado que eligió Brittany.

Si sólo nos queda por delante la muerte, que al menos no nos arrebaten la libertad de decidir cómo queremos dar ese último paso.

fran@cronica.com.mx

 

Una muerte digna

Autor: Gina Montaner el Mar, 18/02/2014

Viajé al norte de la Florida para cubrir la ejecución de Juan Carlos Chávez, el violador y asesino del niño Jimmy Ryce. Mi colega Ana Cuervo fue una de los reporteros que presenció la ejecución por inyección letal y antes del día señalado tuvimos oportunidad de hablar sobre un hecho, contemplar la muerte de una persona más allá de la maldad inherente del condenado, que podría resultar perturbador.

No obstante, cuando Ana regresó de la prisión estatal nos explicó que, a pesar de tratarse de algo muy sombrío, lo que vio fue una muerte casi instantánea e indolora. Por medio de un cóctel de fármacos inyectados a la vena, una vez inconsciente el reo falleció en cuestión de minutos y, añadió Ana, sólo sus piernas experimentaron una ligera agitación antes de que se le cortara la respiración para siempre. Había sido, según todos los indicios, una muerte breve y dulce.

Sus observaciones, secundadas por otros periodistas enviados a la localidad de Starke, me llevaron al dilema de la legalización de la eutanasia. La Constitución de Estados Unidos ampara el derecho de todos a morir de una manera digna. De ahí el uso extendido de la inyección letal en muchos de los países donde hay pena de muerte. De ese modo Chávez, quien sin duda cometió un crimen atroz contra una víctima inocente, se había librado de una ejecución inhumana. Algo que se le niega, sin embargo, a aquellas personas que, padeciendo una enfermedad incurable o una condición que les produce un insoportable sufrimiento físico o sicológico, desearían acabar con sus días por medio de la eutanasia o el suicidio asistido.

Si algún día me viera aquejada de un mal terrible como el Alzheimer o una enfermedad mortal, querría tener la posibilidad de recurrir a un procedimiento como el que el Estado le ofrece a los condenados a muerte con el dinero de los contribuyentes. Sería cuestión de acudir a un dispensario donde un personal entrenado proveyera la indolora y dulce despedida. Un procedimiento sin mayores dramatismos que el que encierra llegar a la meditada conclusión (debido a circunstancias extremas) de que es mejor interrumpir la vida que prolongarla.

Sin embargo, la eutanasia es un derecho que se deniega en la mayor parte del mundo. Son contados los países que la han legalizado: Holanda, Luxemburgo, Suiza y Bélgica. Precisamente el parlamento belga acaba de ampliar la ley, permitiendo que los menores de edad accedan a ella siempre y cuando sus casos reflejen situaciones límite.

Estadísticamente es muy bajo el número de individuos que pide la eutanasia o el suicidio asistido. La mayoría de las personas elige aferrarse a la vida hasta al final, incluso en las peores de las circunstancias. Pero los pocos que creen en su derecho a morir cuando se enfrentan a situaciones médicas o psíquicas extremas, deben pensar en la alternativa del suicidio solitario y vergonzante, como si su deseo y convencimiento representarán un oprobio contra otros.

El caso del parapléjico español Ramón Sampedro tuvo mucha repercusión hace unos años cuando, después de estar postrado en una cama tres décadas, pidió infructuosamente a la Cortes españolas y a la Comisión Europea de Derechos Humanos que le permitieran someterse a la eutanasia porque no quería prolongar el sufrimiento de una existencia cautiva. Antes de lograr su objetivo gracias a la ayuda anónima de alguien que le facilitó el suicidio asistido, Sampedro llegó a decir: “vivir es un derecho, pero no una obligación”.

Salvo unas pocas sociedades que le dan cabida legal a la interrupción de la vida cuando la persona esgrime razones de peso para ello, lo habitual es la noción de la existencia como una imposición, aunque uno sea víctima de una demencia incipiente, un tumor inoperable o una depresión endógena y crónica que convierte cada amanecer en un infierno. Hay hombres y mujeres que sencillamente no desean dilatar su particular agonía o infierno.

Un reputado amigo médico que ha llegado a los noventa años lleno de vitalidad matiza que no se trata de durar, sino de vivir. Cuando ya no puede ser, la muerte dulce es una manera de decir adiós a tiempo y sin hacer ruido.

@ginamontaner

Fuente: www.firmaspress.com

El derecho a morir

Peter Singer *

La eutanasia legal mejoró la atención médica en los países donde se practica.

El 21 de diciembre, un médico italiano, Mario Riccio, desconectó el respirador que mantenía con vida a Piergiorgio Welby, quien sufría de distrofia muscular y estaba paralizado. Había batallado sin éxito ante la justicia italiana para que se aceptara su derecho a morir. Después de que Riccio le administrara un sedante y apagara el respirador, Welby dijo “gracias” tres veces: a su esposa, sus amigos y su doctor. Cuarenta y cinco minutos más tarde dejaba de existir.

La petición de Welby tuvo mucha publicidad en Italia, donde generó un acalorado debate. En el momento en que escribo estas líneas, no está claro si se va a acusar a Riccio por algún delito. Por lo menos un político italiano ha pedido que se lo arreste por homicidio.

La muerte de Welby plantea dos preguntas que es necesario distinguir. Una de ellas es si una persona tiene derecho a rechazar un tratamiento médico de soporte vital. La otra es si éticamente es posible defender la eutanasia voluntaria.

Para todo tratamiento médico debería ser requisito un consentimiento informado del paciente, siempre que este sea un adulto competente en condiciones de tomar una decisión. Obligar a un adulto competente a recibir un tratamiento médico equivale a una agresión. Podemos pensar que el paciente está tomando una decisión equivocada, pero debemos respetar su derecho a tomarla. Este derecho se reconoce en la mayoría de los países, pero aparentemente no en Italia.

Hasta la Iglesia Católica Romana ha sostenido desde hace largo tiempo que no existe la obligación de utilizar medios “extraordinarios” o “desproporcionados” para prolongar la vida, punto de vista reiterado en la ‘Declaración sobre la eutanasia’, hecha pública por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por el papa Juan Pablo II en 1980. Este documento declara que rehusar un tratamiento médico gravoso “no es equivalente a un suicidio”. Por el contrario, este rechazo “se debe considerar como una aceptación de la condición humana, o un deseo de evitar la aplicación de un procedimiento médico desproporcionado en relación con los resultados que es dable esperar, o un deseo de no imponer gastos excesivos a la familia o a la comunidad”.

Tal descripción se aplica bien al caso de Welby. Desde su punto de vista, Riccio estaba haciendo lo que cualquiera debería haber estado preparado a hacer por Welby, que sufría de parálisis y no era capaz de poner en la práctica su rechazo a un tratamiento médico gravoso.

Si el caso de Welby cae en el lado correcto de la línea trazada por la doctrina de la Iglesia Católica, la pregunta más de fondo es si esta la ha trazado por un lugar que tenga sentido. Si un paciente con una enfermedad incurable puede rechazar un tratamiento gravoso a sabiendas que ello implicará su muerte, ¿por qué uno con una enfermedad incurable cuya vida no está siendo mantenida por tratamiento médico alguno, pero que encuentra que la enfermedad misma hace que vivir sea una carga, tendría que ser incapaz de buscar ayuda para deshacerse de esa carga?

Los defensores de la doctrina católica responderían que en el último caso el paciente quiere poner término a su vida, y que eso está mal, mientras que en el primer caso el paciente meramente desea evitar la carga adicional que el tratamiento le significaría. Por supuesto, la muerte es una consecuencia previsible de evitar esa carga, pero es una consecuencia que no se busca directamente. Si el paciente pudiera evitar esa carga y aun así seguir viviendo, eso sería lo que elegiría. Argumentarían que no se debería haber ayudado a Welby, ya que dijo expresamente que deseaba morir, no que quería evitar un tratamiento gravoso.

Esta distinción es cuestionable. En ambos casos, el paciente elige conscientemente un curso de acción que lo llevará a la muerte, en lugar de uno alternativo que lo llevaría a una vida más larga, pero difícil de vivir. Al poner el énfasis en la intención más limitada de rechazar un tratamiento gravoso, en lugar de las implicaciones más generales de esa elección, la Iglesia Católica Romana puede evitar la implicancia inhumana de que los pacientes siempre deben aceptar un tratamiento que prolongue sus vidas, sin importar lo costoso o doloroso que pueda llegar a ser. Pero lo hace al costo de hacer incoherente su propia y vigorosa oposición al suicidio asistido y a la eutanasia voluntaria.

Muchos países reconocen el derecho legal a rehusarse a recibir tratamiento médico. Sin embargo, solamente en Holanda, Bélgica, Suiza y el estado estadounidense de Oregon se permite a los médicos ayudar a los pacientes a poner fin a sus vidas por medios distintos que retirar un tratamiento de soporte vital.

Holanda, en particular, ha sido objeto de una implacable campaña de desprestigio. Los críticos plantean que la legalización de la eutanasia voluntaria ha producido una degradación de la profesión médica y todo tipo de otras graves consecuencias. Sin embargo, si estas acusaciones son ciertas, los holandeses no se han dado por enterados. A pesar de que ya ha habido un cambio de gobierno en Holanda desde que se legalizara la eutanasia voluntaria, no ha habido ninguna iniciativa para revertir esta medida. Simplemente, no hay apoyo público para algo así.

Los holandeses saben cómo se practica en su país la eutanasia voluntaria, y cómo la eutanasia legal he mejorado la atención médica en lugar de dañarla, y desean la posibilidad de recibir ayuda para morir, en caso de que lo deseen y necesiten. ¿No se trata de una opción que todos deberíamos tener?

Peter Singer es profesor de bioética de la Universidad de Princeton. Algunos de sus libros publicados son Practical Ethics y Rethinking Life and Death.

© Project Syndicate, 2007.

www.project-syndicate.org

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Peter Singer *

 

Hace diez años papá nos comunicó que pronto nos diría ¡adiós!

…Un poco de miel, un poco de miel no basta

El eclipse no fue parcial y cegó nuestras miradas

Te vi que llorabas, te vi que llorabas…por él

(Té para tres . Gustavo Cerati)

Vivimos la vida creyendo que la muerte es una mentira, una fantasía o tal vez un castigo divino. Vivimos nuestra vida con la ilusión de una vida eterna alejada del sufrimiento, el envejecimiento, la finitud de la vida.

Creemos, también, que siempre es mejor la vida que la muerte, que la vida es un regalo y una obligación vivirla. Tal vez esta creencia, tan arraigada en nosotros, no esté relacionada sólo con la sabiduría que nos da el transcurrir de la vida, sino con una forma cultural, muy particular, de vivir la realidad.

Esa cultura occidental de la cual hacemos parte, la que nació en Europa con la Ilustración y que heredamos por la colonización; esta particular forma de ver y vivir la realidad, nos ha legado la creencia en un inevitable progreso, en un mejoramiento permanente que nos permite transitar constantemente hacia mejores niveles de vida, donde la ciencia no encuentran límites para ofrecernos siempre “mejores cosas”.

Bajo esta concepción, no entendemos cuando las personas deciden morir, lo vemos como algo descabellado, como una opción de personas “locas”, y, menos aún entendemos cuando quien decide morir es uno de nuestros seres queridos. Aquí contaré la historia de una persona que luchó por su vida hasta que comprendió que el mejor regalo de amor para él y para su familia era morir.

Es la historia de mi papá, un hombre joven, activo y entusiasta. Un hombre que quiso vivir la vida plenamente, siempre pensando en cómo ayudar a los demás. Pasaba por una época en la que, como todo ser humano, piensa en las cosas que ha hecho bien y en las cosas que debe mejorar, transitaba por los 42 años, cuando el 7 de febrero de 2006 es diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o la enfermedad de las neuronas motoras, o como nos acostumbramos a decirlo cuando intentábamos contarle a alguien de la enfermedad de papá, la enfermedad de Stephen Hawking.

El pronóstico, leíamos en la electromiografía (examen diagnóstico para esta enfermedad) era fatal, según la literatura médica se esperaba que papá nos dejara en cinco años. De esto hace ya diez años; momentos de confusión, tristeza, desesperanza llegaron a nuestra casa y se apoderaron de nuestra conciencia, y consternaron nuestro vivir.

Papá, sin embargo, parecía inquebrantable. Él, quien sabiendo con el corazón, que la vida dependía de hacerse el “loco” y olvidar esas sentencias que otros dictan sobre nuestra vida y nos condicionan, decidió olvidar aquellas palabras que se imponían sobre su destino. Retó a la vida, viviéndola a plenitud. Nunca se permitió bajar la cabeza y resignarse, siempre buscó una alternativa, siempre buscó la forma de seguir su vida pese a los obstáculos que su propio cuerpo le iba colocando.

Pasaron los primeros tres años y papá seguía con nosotros, siempre entusiasta, trabajando con más persistencia que en sus años de buena salud. Se aferró a la posibilidad de sentirse útil hasta el último minuto que su vida se lo permitiera, pasando por encima de unas manos que ya no le permitían escribir, por unas piernas que cada día eran más torpes para caminar. Sin embargo, al llegar el 2011 supimos que las cosas pronto cambiarían. El 24 de marzo, después de celebrar el cumpleaños de su hija, la vida lo pone al filo de la muerte. Un paro cardiorrespiratorio lo sorprendió en casa, ese fue su último día en su hogar.

Desde ese momento la historia de mi papá transitó por las Unidades de Cuidado Intensivo. Luego de dos días de inconciencia, e imposibilitado de hablar por la entubación orotraqueal, haciendo uso de un tablero improvisado, mi papá nos comunica que no quiere morir, que quiere que hagamos todo lo necesario para que él viviera. Desde ahí, su batalla la libramos todos. Papá fue traqueostomizado y conectado a un ventilador mecánico por la severa incapacidad que la enfermedad había provocado en sus músculos respiratorios. También se le practicó la gastrostomía para poder alimentarlo sin el riesgo de una broncoaspiración.

Como si esto no fuera poco, al peso de una situación como esta se le sumaba, la negligencia de las EPS que en aras de garantizar sus ganancias, tratan a los pacientes con un sentido de inhumanidad que traspasa cualquier película de terror. La batalla para lograr que trasladaran a papá a una Unidad de Pacientes Crónicos, tardó cuatro meses. Si, cuatro meses, en los que papá, completamente consciente debió vivir entre pacientes gravemente enfermos, doctores, enfermeros, pacientes que se recuperaban pero más, pacientes que en ese lugar se despedían de la vida.

Una vez llega a la unidad de pacientes crónicos, la tranquilidad de estar en un sitio que le procura de cuidados paliativos no menguó nuestra impotencia, pero papá nuevamente nos daba una lección de entereza, sobreponiéndose a las más terribles adversidades con una alegría que hoy es una constante en nuestro recuerdo, y en el de todos los que cuidaron de él.

Se dice que la resiliencia en la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, transformando el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido…y si, papá fue un hombre altamente resiliente, a tal punto que superó atelectasias, infecciones recurrentes de oído, peleas por adaptarse a nuevos ventiladores (los de las UCI, los de las ambulancias), al cambio constante del personal asistencial que lo cuidaba.

Se dio el lujo de ser el paciente más querido, el más admirado por su entereza. Con esos amigos que le procuraban de cuidado, con quien tejía profundas relaciones de amistad y complicidad, comunicándose con los ojos… hablando sin palabras, empezó a hablar sobre su deseo de morir. Fue sólo hasta el día de su cumpleaños 52 cuando nos lo comunicó.

La muerte ya no era una visitante nueva en nuestra familia, ella caminaba con nosotros todos los días; por mucho tiempo le temimos, pero en ese momento, entendimos que era la compañera que papá quería para él. No increpamos su decisión, entendimos que él lo había dado todo, y que ahora nosotros deberíamos dar todo por cumplir su voluntad.

Esa fue la batalla más dura que tuvimos que dar. Los médicos bajo el imperativo de proteger la vida, no se atrevían a usar su conocimiento para poner fin a la vida de una persona que en uso de sus capacidades mentales lo pedía, incluso cuando la sentencia T-970/2014 permitió reglamentar la eutanasia en el País. Múltiples fueron los obstáculos legales que tuvimos que sortear, y finalmente por consideraciones legales sobre las capacidades mentales de papá, se negó su solicitud.

Una vez más nos sentíamos impotentes…mi papá se sintió como nunca impotente, todos sabíamos que era el deseo de papá, que su vida había dejado de ser digna en el momento mismo de la traqueostomía y su dependencia al ventilador.

Nos comprometimos a cumplir con su deseo de que su muerte fuera tranquila, que pudiera irse en compañía nuestra, trabajabamos e insistimos para hacerlo realidad. Esa era una forma de premiar su coraje y todo lo que nos enseñó en ese camino. Finalmente, Papá pudo decirnos adiós, tres meses después de manifestarnos que quería dejar su alma volar…

In memoriam de todos los pacientes eláticos que sin contar con recursos económicos, son víctimas de un sistema de salud que les niega su derecho a una vida y una muerte digna.

Décima tercera homilía: la eutanasia

Tomado del libro “Una ilusión llamada Camilo Francisco” Autor José Benjamín Herazo Acuña Editorial Ganathec 2016

No hay leyes divinas, emanadas de DIOS, elaboradas y dictadas por DIOS. Hay leyes que los seres humanos elaboramos y que podemos atribuir a una inspiración de DIOS, es decir, que las hacemos bajo un pensamiento, un ideal, unos valores, unos principios, que creemos y estamos convencidos que nos acercan a nuestro DIOS. Los judíos elaboraron sus normas religiosas o teológicas inspirados en acercarse a su DIOS. Los islámicos las elaboraron iluminados por lo que creen le pueden ser grato a su DIOS. Los cristianos organizamos nuestro sumun de creencias y normas de vida en lo que creemos puede ser agradable a nuestro DIOS.

DIOS no nos ha dicho directamente que él es el dueño de la vida, que la vida no es nuestra, que obligatoriamente tenemos que vivir, sea como sea, bajo cualquier circunstancia, desgracia o tragedia. Esos valores, principios o criterios sobre la vida o la muerte son de origen humano y somos los humanos los que decidimos sobre nuestro quehacer, vida y muerte. Por lo anterior, la Corte Constitucional ha decidido legislar sobre los derechos relacionados sobre nuestra muerte. La muerte es nuestra, como es nuestra vida, y sobre ella podemos decidir qué hacer en casos de extrema dificultad, no sólo de enfermedad. La Corte Constitucional no ha obligado a nadie a hacerse la eutanasia, es una opción que tienen las personas que la consideren necesaria para terminar su vida. Si una persona padece una enfermedad terminal, incurable, donde ya no hay ciencia ni medicina que la ayude a vivir con dignidad y decoro, que está sometido a dolores y sufrimientos extremos, tiene el derecho a terminar con su vida, asistido por un profesional autorizado por la ley para hacerlo. DIOS no lo va a castigar y a enviar para el infierno, DIOS no se mete en sus decisiones personales. Al contrario, si una persona padece una enfermedad terminal, incurable donde ya no hay ciencia ni medicina que lo ayude a vivir con dignidad y decoro, que está sometido a dolores y sufrimientos extremos, tiene el derecho a decidir seguir viviendo, porque así lo decide, se lo inspira su fe, su religión, sus creencias y en ese caso puede pedir que le suministren los medicamentos que le impidan sentir dolores y, si esto no es posible, entonces él deberá sufrir hasta cuando muera. DIOS tampoco lo castigará por esa decisión. Otra situación. Si una persona padece una enfermedad terminal, que se cree incurable, pero que los médicos y su familia insisten en buscarle alternativas de tratamientos para curarlo o prolongarle la vida, tiene el derecho a decidir que no se la prolonguen, que le hagan ni le apliquen más nada, que lo dejen morir cuando le corresponda. DIOS no lo castigará por esa decisión. Otra situación. Los familiares de un enfermo terminal, que haya perdido su capacidad de pensar y decidir por sí mismo, tiene todo el derecho a decidir qué es lo que desean para su ser querido, que le apliquen la eutanasia, que le prolonguen la vida por medios artificiales, o que dejen que la enfermedad siga su curso hasta la muerte natural. No deben sentirse acosados o asustados con la justicia divina, porque Dios no los va a castigar, a condenar al infierno ni a quitarles la vida; eso sí, su atención por favor, que cualquiera de estas decisiones sea transparente, limpia, libre de intereses económicos, financieros, criminales o demás. Por favor dejemos de utilizar el nombre de DIOS para hacer todo lo que nos venga en gana, para amenazar, castigar, asesinar, robar o violar los derechos humanos, como es el de morir dignamente, como uno le plazca. GRACIAS mis apreciados feligreses por su atención.