Cuidados paliativos

Son los cuidados apropiados para el paciente que padece una enfermedad terminal, crónica, degenerativa e irreversible donde el control del dolor y otros síntomas, contemplan no solo el apoyo médico, social y espiritual, sino también el psicológico y familiar. El objetivo de los cuidados paliativos es mejorar la calidad de vida -en lo posible- para el paciente y su familia. Excluye la aplicación de medidas artificiales y procedimientos inútiles cuando la enfermedad se encuentra en un momento irreversible. La medicina paliativa considera el morir como un proceso normal.

Normatividad

Ley 1733 de 2014

“Ley Consuelo Devis Saavedra, mediante la cual se regulan los servicios de cuidados paliativos para el manejo integral de pacientes con enfermedades terminales, crónicas, degenerativas e irreversibles en cualquier fase de la enfermedad de alto impacto en la calidad de vida” leycuidados-paliativos (1)

Ley 23 de 1981

Normas sobre ética médica Ley 23 del 81 (1)

Resolución Nº. 13437 de noviembre de 1991

Derechos del paciente RESOLUCION 13437 DE 1991

Artículos

Encíclica Evangelium Vitae - Juan Pablo II

Dejar morir no es matar

Padre Alfonso Llano Escobar Dejar morir no es matar

Entre la eutanasia y la distanasia

Padre Alfonso Llano Escobar Entre la eutanasia...

Morimos por partes

Padre Alfonso Llano Escobar morimosporpartes

Doctor, ¡déjeme morir!

Padre Alfonso Llano Escobar Doctor, déjeme morir

Humanización en cuidado paliativo: una solución a la futilidad terapéutica

Testimonios

Inés

Inés tenía 80 años cuando murió. Inteligente, amorosa y comprensiva, era la cabeza y el corazón de una familia numerosa que incluía hijos y sus cónyuges, además de muchos nietos que sentían una gran admiración y amor por su abuela. Su visión se ve afectada irreversiblemente por un problema de­generativo de la mácula, lo cual, siendo ella una lectora infatigable, la quebranta y deprime a pesar que su familia busca alternativas para llenar el tiempo que antes ocupaban los libros. Un tumor cerebral no maligno (meningioma) aparece en la fosa posterior y altera su equilibrio. Es operada exitosamente y la masa es removida casi en su totalidad. Pero años después reaparece más grande, generando múltiples estragos que amenazan la calidad de su vida. Debe ser medicada con esteroides durante dos años, los cuales progresiva­mente le van haciendo daño. Su médico mantiene a lo largo de todo este tiempo una relación comprometida, confiable y sincera con ella y su familia y por muchos meses las situaciones se manejan con un claro criterio paliativo que excluye la posibilidad de otra cirugía, así como cualquier tipo de exámenes invasivos que le mortifiquen. Llega un momento en que su equilibrio es irrecuperable y ello, más el efecto de la cortisona, la reduce a silla de ruedas. Lamenta perder su independencia, además de la visión, y debido a un pro­blema pulmonar debe también aceptar el oxígeno permanente. Existió un consenso respetuoso entre la paciente y su médico tratante, respetado por la familia. Según ese acuerdo, se optaría por medidas estrictamente paliativas que buscaban aliviada en lo posible. Un psicólogo le ayuda a elaborar un torrente de pérdidas irreparables que anticipan su muerte. El médico la visita en casa pues ella renuncia a la posibilidad de ser hospitalizada ante cualquier emergencia. Se manejan los sín­tomas, uno por uno, su sufrimiento emocional y sus necesidades espirituales de persona profundamente creyente. Tanto la paciente como el médico y su extensa familia perciben que se acerca su final y con amorosos rituales se despiden. Sin haber sido sometida a ningún tipo de tratamiento curativo se retiran los corticoides (esteroides) por fútiles y se prevé un coma por el ede­ma cerebral, que nunca aparece, pues la señora Inés muere una maña­na en su cama acompañada por su esposo y sus diez hijos en completa paz y después de haberse despedido de cada uno de sus seres amados. Tomado de: (2006). Morir bien. Isa Fonnegra de Jaramillo (editora). Editorial Planeta.

María Victoria

María Victoria era una médica de 49 años de edad a quien, a raíz de dolores abdominales, le descubrieron un tumor mileriano de ovario con metástasis. La operan a la semana de recibir el diagnóstico y sus co­legas, apesadumbrados, le informan que la quimioterapia en su caso presenta solo un 5 o 10% de posibilidades de éxito. María Victoria no tiene que pensarlo mucho, les manifestó su determinación de no hacer absolutamente nada pues, analizando las opciones a la luz de un sano balance, el costo emocional y económico excede en mucho los posibles beneficios de recuperación que parecen ser mínimos. Considera fútiles la radioterapia, la tumorectomía, el empleo de protocolos de última generación de quimioterapia y la posibilidad de ingresar a la Unidad de Cuidados Intensivos. Inicia un recorrido apoyada en un médico paliati­vista quien establece con ella una relación entrañable, comprome­tida hasta su final, respetando siempre su voluntad y sus decisiones. Su dolor y los otros síntomas como la ascitis y la dificultad para respirar se controlan eficientemente. María Victoria continúa haciendo consultas y asesorándose. Su parte espiritual se enriquece, se refuerza y Dios es para ella una compañía que la habita y la guía permanentemente. Acude semanalmente a donde una psicóloga con quien comparte su tristeza y todas las preocupaciones y dilemas que a diario debe sortear para irse preparando para su muerte tan­to ella como quienes la rodean. Participa con éstos sus determinaciones en cuanto a su final y en una emotiva reunión con el personal de su consultorio, su familia, colegas y amigos, se despide con una frase cariñosa de gratitud para cada uno y con serenidad y dominio de la situación que asombra a los asistentes. La escalera analgésica es recetada por su médico para controlar un dolor difícil hasta que después del Acetaminofén y pasando por otros medicamentos, incluye la Buscapina y acepta la morfina. Conversa largamente con sus seres queridos. Organiza sus cosas y cuatro meses después de su cirugía inicial, preside con enorme esfuerzo la ceremonia de inauguración del Congreso de su especialidad, llega a su casa agobiada por el dolor, agotada por el evento y por la fuerza interna que exigió su presencia en él. Llama a su médico: “No quiero levantarme más. No puedo ya seguir adelante, me estoy muriendo. Quiero que me sedes”. Así lo hace el médico, María Victoria muere al día siguiente después de haber vivido con su dignidad preservada hasta el último instante de su existencia y de haberse beneficiado de los cuidados paliativos procurados por un médico humano y respetuoso. Tomado de: (2006). Morir bien. Isa Fonnegra de Jaramillo (editora). Editorial Planeta.

María Villa

Este es el segundo día del padre que paso sin el mío. Un vacío que nadie puede llenar. Hace dos años, en junio del 2012, lo celebramos juntos en mi casa, pero no sabíamos que iba a ser el último. Ese día ya sabíamos que se iba a operar. Había tomado la decisión a pesar de las advertencias de su médico de siempre que sabía que por la condición de su corazón era una operación muy riesgosa. Sin embargo él llevaba algunos años con una dolencia en la columna lumbar y en el coxis que no le permitía caminar más de algunos metros sin que sintiera un muy fuerte dolor. Además hacía unos años había tenido un ACV que lo había limitado mucho físicamente y en el habla, un cáncer de vejiga que le habían tratado también por algunos años, un EPOC que lo obligaba a tener oxígeno que se negaba a usar durante el día y estaba perdiendo la vista por problemas de mácula. Y con todo esto, seguía trabajando en la empresa que había creado hacía más de 60 años. Era todo un guerrero. Después del puente de julio se internó en la clínica y no quiso entrar al quirófano hasta que mi mamá no llegara para despedirse, pues pensaba que iba a morir en el quirófano. Pero la operación fue un éxito: había que descomprimir dos raíces nerviosas , que por la degeneración de las vértebras obstruían el canal por el cual salen las raíces, reemplazando las zonas colapsadas y poniendo células estaminales que ayudan a regenerar el tejido vertebral faltante. El médico que lo operó estaba sorprendido de que mi papá hubiera podido soportar el dolor que debía tener, pero estaba muy contento con el resultado de la cirugía y esperaba que en unos días podría regresar a casa. Sin embargo los días pasaban y los médicos no le daban de alta. Con mis hermanas y mi mamá hacíamos turnos para acompañarlo en la clínica. A mi hermana mayor le confesó que había esperado morir en la cirugía y creo que de alguna manera sabía que ya no saldría, pues le dijo también que tendríamos que cuidar a mi mamá muy bien. Una noche que decidimos dejar a mi papá con la enfermera y salir a comer y a teatro, recibimos una llamada urgente de ella, diciéndonos que mi papá estaba muriéndose. Cuando llegamos a la clínica, lo estaban reanimando. Como yo sabía que mi papá había firmado el documento “Esta es mi voluntad” de derecho a morir dignamente y que él no quería ser reanimado, llamé a un médico amigo que había llegado con los médicos de cuidados intensivos y cuando salió y le pedí que no lo reanimaran, me dijo que el documento no estaba en la carpeta con la historia que le habían abierto cuando ingresó a la clínica y me explicó que una cosa era no intervenir y otra retirar el respirador cuando se habían hecho ya las maniobras de resucitación. Lo llevaron a cuidados intensivos. Al otro día fui por el documento y pedí que lo pusieran en la historia de mi papá. Él comenzó a despertarse lentamente y a los pocos días lo desentubaron. Estaba muy desorientado y contrariado pues no entendía porqué lo habían traído de vuelta si había sentido que se estaba yendo. Nos reunimos con el médico de cuidados intensivos para asegurarnos de que supiera de la voluntad de mi padre de no ser reanimado nuevamente. Pero no había unanimidad en la familia. Una de mis hermanas, aunque había firmado el documento de DMD como testigo hacía un año, insistía en que los médicos tenían que hacer todo lo que estuviera en sus manos para salvar a mi papá. Afortunadamente mi papá estaba lúcido y ella tuvo la oportunidad de preguntarle cuáles eran sus deseos y pudo reiterarle que no quería ser reanimado de tener de nuevo un paro. Con el acuerdo familiar y el compromiso de los médicos seguimos acompañando a mi papá en cuidados intensivos, en lo que fueron días largos y difíciles. El ambiente de cuidados intensivos, sin puntos de referencia de espacio, de tiempo o familiares, unido a la condición y edad de mi papá, le generó un delirio que era muy doloroso y a la vez algo cómico para nosotros. En medio de esta circunstancia, los médicos comenzaron a hablar de ponerle un marcapasos. Entonces me di cuenta de que las decisiones en estos momentos no son fáciles para la familia ni para los médicos. Cuando se firma el documento de DMD, creemos que todo está absolutamente claro, pero la realidad no es blanca o negra. Hay muchas zonas grises, entre la incertidumbre, la esperanza de la familia y el voto de los médicos de curar y tratar de dar a los pacientes una mejor calidad de vida, sin saber muy bien en qué momento parar. Yo me oponía a esta nueva intervención e incluso invité a mi hermana mayor que es médica, a una reunión en la sede de DMD, buscando claridad. Al final se decidió poner el marcapasos. También esta intervención salió bien y luego de algunos días, lo dejaron salir a la habitación. Pero a la falla cardíaca se sumaba la falla renal, los niveles de electrolitos estaban muy bajos y la condición general empeoraba. Yo me preguntaba si no sería hora de llevar a mi papá a la casa y dejarlo irse tranquilo, pero la esperanza que los médicos daban y algunos familiares guardaban, nos hacía insistir. Hasta ese viernes de agosto. Cuando llegué temprano en la mañana a tomar mi turno, vi en la mirada de mi papá una ausencia que le habló a mi intuición de que ése sería su último día. Más tarde mis hermanas tomaron sus respectivos turnos y en la tarde regresé con mi cuñado para pasar otro rato con él. En la noche cuando me iba a ir, llegó mi hermana mayor a reemplazarme, pero muy pronto recibimos una llamada suya. Papá se estaba yendo. Llegamos muy rápido a la clínica y los médicos nos confirmaron que estaba en su fase final. Uno a uno fueron llegando los miembros de la familia y todos tuvimos la oportunidad de despedirnos y darle permiso para irse. Mis hermanas, mi mamá y yo nos quedamos a su lado todo el tiempo, acompañándolo y esperando el desenlace. Los médicos de cuidados intensivos se acercaron al cuarto y con mucha discreción y respeto nos recordaron que ellos podrían llevarlo a cuidados intensivos y tratar de mantenerlo vivo. Pero la unanimidad fue total: queríamos estar a su lado y no prolongarle más la vida. Ya él había tomado la decisión de irse, estaba listo. En la madrugada del sábado 18 de agosto, a eso de la 1:00 am, rodeado por nosotras, papá finalmente pudo dejar este cuerpo que lo acompañó todos esos años y ya no le servía. Doy gracias por haberlo tenido como padre, lo honro, honro su vida, su ejemplo, su tenacidad, su memoria. Agradezco también por haber tenido la oportunidad de estar a su lado, tan cerca, toda la vida y también durante su enfermedad, y habernos podido despedir y rodearlo de todo nuestro amor hasta su último momento en esta tierra. Gracias papá!!

Dora y la vida

Dora empezó a arrastrar un poco la pierna izquierda al caminar y a tropezarse cuando subía escaleras, pues no podía levantarla bien. Se quejaba de debilidad. Fue a donde el médico, le hicieron un examen con resonancia magnética y encontraron lesiones en el tejido que recubre y protege el sistema nervioso. Por alguna razón, nos explicó el médico, los anticuerpos del propio organismo empezaron a percibir como invasores esos tejidos, los atacaron y la persona se va incapacitando, pues el flujo eléctrico se ve interrumpido por las lesiones, que no paran de aumentar. Esclerosis múltiple. Cuando a Dora le empezaron los primeros síntomas vivíamos en Nueva York. Llevábamos 30 años juntos. Lucas, nuestro hijo, aún no había cumplido 20. El desarrollo de esta enfermedad es largo, lento, implacable. Y no hay cura. Dora pasó de arrastrar la pierna a necesitar bastón, de necesitar bastón a necesitar caminador, de necesitar caminador a necesitar carrito eléctrico y de allí a necesitar silla de ruedas manual y después eléctrica y otra vez manual, cuando ya no pudo manejar la eléctrica y tenía que esperar a que la empujaran. Para describir su situación a partir de cierto momento del avance de la enfermedad uno podría decir que se había quedado encerrada en la vida como si la vida fuera un calabozo. Después de un proceso gradual e irreversible de deterioro de muchos años se llegó a un punto en que había que alimentarla, bañarla, vestirla, ayudarle a desocupar los intestinos. Le costaba demasiado masticar y tragar, y se adelgazó muchísimo. Hablaba con enorme dificultad y era casi imposible entenderle. No podía leer ni ver televisión, porque las letras y las imágenes le llegaban borrosas y temblorosas. Oía música gran parte del día y se mantenía observando todo lo que pasaba a su alrededor… y pensando. Se reía siempre de los chistes que le hacían. Lloraba a veces, no demasiado, por su situación, y con frecuencia le hacía la vida imposible a quienes la cuidaban. Dora, antes de enfermarse, había sido fuerte y cariñosa, una de esas personas de quienes el poeta dice que, como a los caracoles, su caparazón resistente les da mucha capacidad de ternura. Después de enfermarse siguió siendo fuerte, pero dejó de ser cariñosa. Conmigo, en todo caso, dejó de serlo. Conmigo se volvió otra persona, a la vez exigente e indiferente. Se dedicó de lleno a su enfermedad: a pensar en ella el día entero, a ilusionarse con posibles curas, a luchar contra ella. La cuidé, primero en Nueva York y luego en Chía, desde que le dieron el diagnóstico, en 1997, hasta 2009, cuando se fue a vivir a Cali con su mamá y su hermana. Ellas dos, Marta y doña Margoth, la cuidaron durante los años más difíciles de la enfermedad, y en septiembre de 2014, después de tantos años de agonizar lentamente, se murió allá en Cali, de paro cardíaco, luego de una agonía final de minutos, sin sufrimientos. Dora no se murió de tristeza. Se murió del cansancio de pelear en vano y por mucho tiempo contra una enfermedad incurable. Durante esos años la vieron multitud de médicos, sanadores y brujos que la sometieron a tratamientos tan caros como inútiles e incómodos. Desilusión tras desilusión. Recuerdo ahora a un supuesto médico de Cali que cobró carísimo, algo así como cinco mil dólares, por un tratamiento de acupuntura y homeopatía y garantizó que si no la curaba devolvía el dinero. Él sabía muy bien que no iba a curarla y, sin embargo, le propuso el tratamiento y se quedó con la plata. Yo sabía que la cura para la esclerosis múltiple no iba a aparecer en un consultorio de un barrio de clase media de Cali y no la iba a encontrar un médico homeópata que vivía en un apartamento encima del consultorio, y así lo dije, pero Dora y toda la familia se habían ilusionado y no hubo manera de evitar que cayeran en el atraco. ¿Por qué no podía aparecer la cura en Cali, a ver? ¿Que tenía que ver la clase media con esto? Es que no hay que ser tan negativos. Fueron demasiadas las derrotas. Durante todos esos años no hubo un solo día en que la palabra “eutanasia” no pasara por mi mente, por la mente de muchos de nuestros familiares y tal vez por la de Dora. Poco después de su ida para Cali empecé a investigar esa posibilidad y alguien me habló de un centro en Suiza al que viajaban enfermos terminales de todo el mundo buscando una muerte digna. Averigüe más, y efectivamente, había uno muy conocido, en Zurich, y los había también en Bruselas y en Amsterdam. Pero en lugar de alegrarme, todo aquello de Zurich y Amsterdam y demás me empezó a parecer demasiado… arduo. ¡Tener uno que irse a morir a Europa! ¡A ese continente oscuro! Imaginarme a Dora llegando a El Dorado en su sillita de ruedas, con Marta o conmigo, para agarrar un avión con destino a Zurich me llenaba de tristeza. Suiza tal vez sea un país bonito, igual que Bélgica y Holanda, pero la idea de irse morir allí resulta abrumadora. Si me ofrecieran escoger entre Zurich y Girardot como lugares para morirme o para renacer, escogería Girardot sin pensarlo mucho, a pesar de que he estado allí y entiendo por qué no ha sido nombrada dos veces la ciudad con más alta calidad de vida del mundo, como lo ha sido Zurich, ni declarada patrimonio de la humanidad, como Bruselas. Pero hay asuntos sobre los que no tenemos libertad de elección, y esos son los del corazón. En eso gana Girardot. Allá desemboca el río Bogotá en el Magdalena y en medio de aquel horror de contaminación vuelan esplendorosas las garzas más limpias y blancas que he visto en la vida y que son patrimonio de mi humanidad. Hablé con Marta, y estuvo de acuerdo conmigo en que lo de irse de Colombia había que descartarlo. Pero algo teníamos que hacer, pues Dora seguía deteriorándose y sufriendo. A veces le daban infecciones urinarias y fiebres altas que, al estar ella tan débil, la ponían casi en coma. Entraba en una especie de letargo y después no recordaba nada de lo ocurrido. Y cada vez que eso pasaba yo hacía fuerza para que en uno de esos letargos se fuera sin sufrir más y se liberara de la carga de su enfermedad. Un día una amiga me contó que había firmado unos documentos para que no la fueran a conectar a ningún aparato en caso de que un accidente o enfermedad la dejara hecha un vegetal, y se me ocurrió que tampoco yo quería quedarme nada más que respirando en una cama, con las caderas llagadas, tal vez durante años, y que iba a firmar esos papeles. Una fundación privada, con sede principal en Bogotá, ayudaba con el trámite. Hablé con una persona de la institución, una señora amable, eficiente, compasiva, que empezó a informarme sobre las actividades de la Fundación. Y me llevé una sorpresa. No había que irse del país para morir dignamente. Si uno es enfermo terminal y está sufriendo de manera insoportable y sin remedio, en Colombia hay quien le puede ayudar. Cuando supe que era posible; que existía una institución que lo hacía perfectamente viable para Dora, sentí alegría en el alma y en el vientre una punzada de miedo. Salí de las oficinas de la Fundación a tomarme un trago por ahí, para calmarlo. Esa misma tarde hablé con Marta, y ella se alegró también, según dijo, pero se puso a llorar. –Es que esto es muy duro. A la hora de la verdad uno no quiere, ¿cierto? Y ahora, ¿cómo le decimos a ella? La sicóloga de la sede de Cali de la Fundación habló con Marta primero, después con Dora. Se reunieron Dora y la sicóloga varias veces en privado y nadie sabe cómo se comunicaron ni qué se dijeron, pues ni la sicóloga ni Dora comentaron nunca nada. El hecho es que Dora sabía ya que esa puerta estaba abierta para ella. Pero es un umbral muy difícil de cruzar. Una cosa es la muerte imaginaria, otra la real, la que viene con palidez y miedo y sudor frío. Empezamos a esperar que Dora dijera algo y nos llevamos otra sorpresa. No solamente nada dijo sino que dejó de repetir que se quería morir, cosa que había venido haciendo desde hacía años cada vez que la enfermedad la agobiaba: de pronto se le llenaban los ojos de lágrimas, hacía el tremendo esfuerzo de hablar, de articular las palabras, y decía que se quería morir. Dejó de decirlo y le disminuyó la angustia. Es muy distinto estar en un cuarto encerrado con llave que estar en ese mismo cuarto, igual de encerrado, pero con la llave en el bolsillo. A partir de entonces Dora se tranquilizó mucho y, según me decía Marta, recobró hasta cierto punto la alegría de vivir de antes de la enfermedad. –Otra vez está disfrutando con las cosas. Eso hasta donde se lo permitía la esclerosis múltiple, una enfermedad que no da tregua. Cuando se sentía demasiado cansada por no poder moverse ni hacer nada durante los días y las noches interminables, decía otra vez que se quería morir. Pero si se le recordaba que existía aquella puerta y que estaba abierta para ella, cambiaba de tema y decía “Lucas es una berraquera” o “Clarita es muy querida”. Clarita es mi hermana, que siempre fue muy amiga de Dora. Y una vez le dijo a Marta que ella no se iba a hacer ninguna eutanasia. El diálogo fue más o menos así: Dora: [Sonidos incomprensibles] Marta: ¿Cómo? ¿Ninguna qué? Dora: [Murmullo ininteligible] Marta: ¿No quiere qué? Dora: [Sonidos incomprensibles]. Marta: ¿No quiere la eutanasia? Había aprendido a entenderle. A veces le costaba trabajo, pero finalmente lo lograba. Dora [muy claro]: No. Marta: Ah, pues entonces no y listo. ¿Acaso es obligatoria? Dora: [Sonidos incomprensibles]. Marta: ¿Cómo, cómo? Dora: [Sonidos incomprensibles]. Marta: Ah, eso es así. Lucas es una berraquera. Por algo es mi sobrino. Dora tomó esa decisión por miedo a la muerte y también por amor a la vida, y se sostuvo en ella hasta que se la llevó el paro cardíaco, cuando menos pensamos, tres años más tarde. Tanto esperar y el final nos toma siempre por sorpresa. Después de más de cuatro decenios de estar juntos, a Dora y a mí no nos separó la muerte sino la enfermedad. Cuando la muerte llegó, hacía ya mucho tiempo que la enfermedad nos había separado. Escribí esto en mi libro de poemas: Dos de septiembre de 2014 Hoy murió Dora. Muy lejos de mí. Acababa de cumplir 66 años. 49 de alegría sin límites. 17 de sufrir. Ahora que lo transcribo, veo que el poema todavía no está bien. Hay un error de perspectiva, pues se define una vida entera por lo que hubo de sufrimiento entre el momento en que empieza a declinar y la muerte. El énfasis queda en el sufrir, y así no es. En la versión definitiva, los 49 años de alegría sin límites deberán ir a lo último y poner el punto final. Por: Tomás González

Recuerda que eres mi testigo

Mi madre fue diagnosticada con cáncer de intestino el 9 de marzo de 2014. Después de 8 horas de cirugía regresó a la habitación y sus primeras palabras para mí fueron “!Lo hice!” Todo parecía ir bien en la primera semana y luego todo salió mal. Después de transfusiones de sangre y de meses en el hospital ella fue dada de alta y entregada a mi cuidado. Lamentablemente, poco después nos informaron que el cáncer se había extendido a su hígado. Así que a mediados de agosto estaba de vuelta en el hospital y finalmente fue incluida en el programa de cuidado paliativo. Mamá era una mujer alta para su generación 1.70 m. y ver su peso llegar a 45 kilos era devastador. Ella me dijo en numerosas ocasiones que ya había tenido suficiente y quería morir. Entonces un día solicité orientación a la Fundación DMD, me aconsejaron hablar con los médicos tratantes. Me enfrenté con cuatro médicos que discutieron conmigo sobre la salud de mamá y me preguntaron: ¿Si sufre un ataque al corazón autoriza que no la reanimemos?. Puedo decir que tuve la suerte de que me lo preguntaran, porque mamá se había sentado conmigo meses atrás y me había dicho: “recuerda que tú eres mi testigo ante el documento “Esta es mi voluntad” no me dejes reanimar bajo ninguna circunstancia, porque no te lo agradeceré cuando despierte”. Recuerdo haber sonreído cuando le dije a los doctores lo que mamá había dicho y ellos respondieron diciendo “si sólo otras personas se dieron cuenta que ésta es la mejor manera”. Aproximadamente 10 días después mamá murió pacíficamente. Ella es recordada con amor y estoy eternamente agradecida con ella de haberme dicho lo que quería y de haber sido  capaz de cumplir su deseo. AMM

Videos

IX Encuentro de Reflexión Beatriz Kopp de Gómez La eutanasia: una realidad en Colombia

16 de septiembre de 2015

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4